Asencio en enero

Álvaro Casal

Atrás han quedado la ciudad de Mercedes, el castillo Mauá, sus viñedos y los enormes y centenarios olivos que crecen junto a él. La camioneta avanza por un desierto camino de tierra. Las nubes de polvo que levanta, quedan flotando en el aire, doradas por el sol del atardecer.

La temperatura exterior supera los 35 grados y ni la más mínima brisa mueve las hojas. Después de andar unos quince kilómetros, llegamos. En un cartel oxidado se lee, en letras blancas sobre fondo verdoso, que allí está el arroyo Asencio.

La sequía se ha encargado de que de arroyo tenga muy poco. El agua no circula. Más bien parece un charco rodeado de pajonales y un monte tupido cuyos mburucuyás son la nota de color que se asoma hacia fuera.

El profesor Luis Alberto Montero va indicando paso a paso no sólo la flora y fauna, sino también detalles históricos de la región. De repente se agacha y recoge un nido de avispas formado por barro petrificado. Entretanto, unos teros quieren distraernos.

Este es el lugar donde hace exactamente doscientos años se empezaron a reunir los patriotas. Buscaron ocultarse en ese bosque. Gente como Pedro José Viera, conocido como "Perico El Bailarín" quien con 28 hombres se sumó al llamado del alférez Justo Correa. Otros desertores y paisanos fueron sumándose a ellos y para el 26 de febrero eran unos trescientos los que estaban allí, animados por el espíritu independentista.

De inmediato protagonizarían lo que en la historia nacional ha quedado registrado como "Grito de Asencio".

En la mañana del día 28 atacaron: con Venancio Benavides al mando de las tropas, tomaron las cercanas poblaciones de Mercedes y Santo Domingo de Soriano, para luego seguir su campaña con un éxito que se multiplicó a partir de la incorporación de José Artigas quien el 15 de febrero había abandonado las fuerzas españolas de Colonia del Sacramento, solicitando auxilios al gobierno de Buenos Aires para concretar los levantamientos en la campaña.

Doscientos años después, hemos ido hasta allí con la intención de imaginar el lugar como era otrora.

Afortunadamente todavía no ha sido acondicionado para los próximos festejos del bicentenario.

Un alambrado vetusto y diecinueve escudos departamentales de cemento, parecen ser todo lo que concretó en ese sitio la mano del hombre. Aparte de eso, de la ruta y el cartel, no debe haber sido muy diferente aquel ámbito en los viejos tiempos.

Reitero: llama la atención lo cerrado y espinoso de la vegetación. Es imposible avanzar a pie a través de ella. Gritan otra vez los teros, cantan horneros y también croan las ranas. ¿Cómo se abrirían paso las cabalgaduras de Viera y Benavídes? ¿A qué velocidad avanzaron?

Sea como sea, en estos días del 2011, en la quietud que nos rodea, es perfectamente posible imaginarse a los patriotas reunidos, nerviosos, sus caballos resoplando en el único espacio que se percibe sin matorrales.

Prontos para embarcarse en la aventura que eventualmente desembocaría en el nacimiento de la República Oriental del Uruguay.

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