Con Ray Bradbury

Ruben Loza Aguerrebere

El tiempo es un tobogán, ya se sabe. Y bien, la noticia de que en este año que se va cumplió sus 90 años de vida Ray Bradbury, me ha hecho revivir la noche que estuve con él. A mi derecha, en una biblioteca, apoyada en varios de sus libros, está la foto que un amigo me sacó en el momento de saludarlo. La miro de reojo mientras escribo.

Fue en la "Feria del Libro" de Buenos Aires, hace unos cuantos años, y no quiero que llegue a los 91 años, sin haberlo referido. A Ray Bradbury lo recuerdo como un hombre obeso, de cabellos blancos como algodón y simpatiquísimo. Nunca había conocido a un uruguayo, me dijo. Y agregó que recordaba haber recibido un libro y unas cartas de un escritor de ese país que él desconocía y al cual le respondió. Y ese escritor, para sorpresa de ambos, era yo. Con una audacia juvenil perdida le había enviado mi primer libro de cuentos. Acto seguido, le comenté que conservaba sus dos cartas; una de ellas firmada con un bolígrafo de color verde. También le mencioné que ambas tenían un logotipo extravagante: una suerte de casa alargada (de un extremo a otro de la hoja), abierta; una casa de dos plantas poblada de dibujos, con personas en sus habitaciones y, en una de ellas, en el segundo piso, un caballo. Sonrió; me comentó que las había escrito en su antiguo estudio, al que iba cada mañana caminando (porque no sabe conducir un auto), donde escribía todos los días.

Recuerdo haberle preguntado cómo hacía para escribir, día a día, una historia diferente; cómo lograba estar siempre inspirado. Y me contó entonces que tenía una caja rebosante de tarjetas con anotaciones y argumentos que se le habían ido ocurriendo a lo largo de la vida, y que ellos le daban sus temas. El secreto para llegar a la esencia emotiva, me dijo, consistía en escribir de acuerdo al estado de ánimo. Si se sentía muy feliz escribía poemas (no conozco sus libros de poesía); pero en cambio, si lo tentaban a deslizarse por ellas las laderas de la melancolía, entonces optaba por escribir un cuento ambientado en tiempos de su infancia cuando sus padres en la terraza de su antigua casona se hamacaban bajo un mundo de estrellas. En ellos, seguramente, describió "sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad", como dijera Borges sobre el autor de "Crónicas marcianas". ¿Cuántos cuentos llevaba escritos? No lo sabía, pero eran más de tres mil.

Lo demás, lo sé por los libros que he leído sobre él. Así me he enterado de que no hay un astronauta que no le considere un héroe de su infancia, de aquellos "días azules" (como decía Machado) cuando leían sus historias espaciales. Asimismo, atribuye a ese afecto que en el viaje a la Luna bautizaran un cráter con el nombre de uno de sus libros. Finalmente, sé que escribe sus cuentos, sus historias, procurando emocionar a sus lectores, pues para él ésta es la tarea esencial de la literatura. Sí, todo por sentir.

La noche que vi a Ray Bradbury, aunque fue breve el encuentro con este ilustre maestro de la "ciencia ficción", sigue viva en la memoria y el corazón.

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