El fenómeno WikiLeaks

Julia Rodríguez Larreta

La reciente irrupción de "WikiLeaks" y de Julian Assange, (padre de la esquiva criatura), -experto informático para unos, salvador de la especie humana para personas como Michael Moore, el cineasta; o nueva especie de hacker para otros-, con el desparramo virtual y planetario que dejó al desnudo y mal parada a la profesión diplomática y en entredicho a sus gobiernos, es un fenómeno que ha sacudido distintos órdenes establecidos. Su aparición, que no es la primera, pues ya había difundido informaciones sobre la guerra en Afganistán hace un tiempo, da pie a una serie de interrogantes que no tienen una única respuesta, mientras provoca enfoques muy opuestos sobre su real significado e implicancia.

Desde las ironías del argentino Reymundo Roberts, sobre que al fin a los pobres diplomáticos que se pasan redactando informes que nadie contesta, o ni siquiera leen, han tomado notoriedad, hasta consideraciones de carácter más profundo y complejo. ¿Se trata acaso de un nuevo periodismo, es el estilo investigativo que fortalece al sistema democrático? ¿O hay que desconfiar de gente que se siente elegida para enderezar el mundo, marcar las pautas del relacionamiento global y de la honradez intelectual y moral de los gobiernos?

La personalidad de este australiano, que evidentemente se considera el indicado para llevar adelante tamaña cruzada, presenta rasgos peligrosos, porque están muy cercanos al carácter fundamentalista, y los fanatismos, de la clase que sean, suelen ser muy destructivos. Sobrados ejemplos de ello existen en la historia y en la actualidad que nos rodea. Cabe preguntarse, cuál es el bien que persigue con esta hazaña virtual, consistente en el robo y posterior divulgación de las comunicaciones diplomáticas, que poco han mostrado de trascendente o constructivo, pero que le han arruinado la carrera a más de un funcionario, al difundir reportes confidenciales que los han puesto en dificultades con alguna autoridad, cuando no en peligro su vida, al dejarlos al descubierto en trabajos que a veces se cumplen en condiciones de peligro, o si no, enturbian el relacionamiento del concierto mundial, que nunca ha sido simple ni lo será.

La prédica de Assange tiene sus buenas contradicciones, del momento en que agita la bandera de la transparencia como elemento indispensable para mejorar el mundo, al tiempo que toda su operativa está basada en la reserva. La forma de trabajar de su organización es enigmática y a la vez, Assange ya ha hecho saber que tiene muchos otros secretos que habrán de salir a la luz si algo le sucediera. O sea, que tiene en su poder material supuestamente crítico, que permanecerá oculto, sin ser expuesto al conocimiento mundial, si a él no le importa su publicación.

Más de una vez, este nuevo revolucionario ha dicho que aborrece la guerra y su fin es la búsqueda de la paz. Postura con la que no se puede estar más de acuerdo, pero ella entraña otro contrasentido. ¿Acaso cuando se quiere evitar un conflicto bélico, no se recomienda tratar de encontrar la salida por medio de la negociación diplomática, en lugar de por la vía de las armas? De las que el ser humano ha sido cultor, lamentablemente, desde tiempos pretéritos. Pero lo que hace, sin embargo, Wikileaks es dificultar la diplomacia, porque es imposible que ésta funcione si no es de manera discreta y con sigilo. Y esto mismo es aplicable a muchas otras actividades. ¿Pueden imaginarse los negocios sin cierta confidencialidad; que pasaría si lo que se busca, se opina, interesa, proyecta, lo que se está dispuesto a ofrecer, los diversos pormenores previos de cualquier tratativa, salieran publicados en la web? Y luego la gran pregunta: ¿pueden los estados prescindir del secreto? ¿Hubiera tenido éxito la política de Reagan, comúnmente llamada "guerra de las ga- laxias", que tuvo un efecto eficazmente disuasivo con la Unión Soviética? ¿ O en el período de Kennedy, cuando se logró frenar el avance de los submarinos atómicos soviéticos que navegaban rumbo a Cuba?

En todo caso, no es casualidad que las revelaciones de WikiLeaks se refieran a Estados Unidos, porque a pesar de sus defectos, errores y horrores, es una sociedad abierta que ha sido faro de la libertad y de los valores democráticos que se aprecian en occidente. Si Assange quiere ser ecuánime, debe estar preocupado también, por descorrer el velo de otros países donde la libertad de expresión no figura, ni en los primeros lugares de la Constitución, como en la estadounidense, ni en los últimos.

En medio de la gran confusión provocada por WikiLeaks, debe destacarse la importancia y vigencia del periodismo tradicional; el valor de la prensa escrita. Porque es sintomático que el australiano haya recurrido para difundir el contenido a 5 grandes medios impresos. Pensó que a través de ellos adquiría mayor credibilidad, al tiempo que les endilgó una responsabilidad complicada, como la de cuidar las espaldas de muchos involucrados. Si usar información robada es delito y si Assange fue solo un receptor o estimuló el robo y facilitó los envíos del militar Manning, es otra de las interrogantes planteadas.

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