JORGE ABBONDANZA
Pocas cosas son más tristes que la emigración en la historia de los pueblos. Cuando la gente abandona su país en busca de una vida mejor, puede hacerlo por motivos económicos, políticos o culturales. Va hacia un lugar donde haya más trabajo, más tolerancia o mayor desarrollo artístico, escapando a menudo de la penuria, del miedo o de la falta de oportunidades para triunfar, pero nunca se salva por completo de la sensación de desarraigo, una melancolía inseparable del destierro al dejar atrás los lazos familiares, los paisajes de la memoria o el circuito de amistades y afectos, por no hablar de los sonidos de un idioma, las singularidades climáticas y hasta el olor de la comida o el estilo de la charla.
Esos desafíos reaparecen ahora en algunos países bajo la presión de la crisis internacional. En ciertos casos resultan una de las paradojas del primer mundo, que hasta 2008 parecía tan ufano de su prosperidad y su ritmo de crecimiento. Hacia ese mundo marcharon, sin ir más lejos, muchos rioplatenses escapando del desempleo o la dictadura durante las décadas pasadas, pero el inesperado descalabro de las economías cambió de rumbo la brújula migratoria. Ahora son ellos los que están embarcándose hacia este hemisferio, como si resucitara la oleada que trajo a tantos españoles e italianos hasta mediados del siglo pasado.
Unos 110.000 españoles abandonaron su país en los dos últimos años, 34.000 de ellos hacia la Argentina, que es el territorio del mundo donde residen más españoles fuera de la península. Según cifras oficiales, siguen aterrizando en Buenos Aires a un ritmo de 1.200 por mes, mayormente a trabajar, aunque también a estudiar y tantear las perspectivas para establecerse. La Argentina es mucho más abierta que España (con su Ley de Extranjería) para recibir a la gente, dato que ahora debería servir en Madrid para reflexionar sobre la dureza de trato que encontraron muchos rioplatenses al llegar en los últimos tiempos al aeropuerto de Barajas.
Pero España no es un caso aislado. Durante la década 1997-2007, Irlanda había recibido a 738.000 extranjeros, atraídos por su espectacular desarrollo. Entre 2009 y 2010 vio alejarse a 34.500 personas bajo un desempleo del 13,6%, que en los menores de 25 años llega al 30%. Se calcula que 150.000 de esos jóvenes emigrarán en los próximos cinco años, repitiendo la embestida migratoria del siglo XIX, cuando una peste arruinó los plantíos de papas dejando a Irlanda despoblada y a Estados Unidos lleno de celtas recién llegados.
Los altibajos de la suerte siguen moviendo a los pueblos. Ese azaroso itinerario, por el momento, está expulsando a los europeos hacia estas costas. Ello demuestra que en los períodos favorables no conviene perder la memoria ni olvidar cómo las naciones más castigadas se beneficiaron de la hospitalidad ajena, porque la rueda de la fortuna gira repentinamente y el pasado puede volver.