Ruben Loza Aguerrebere
El Premio Nobel J.M. Coetzee, nacido en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, en 1940, y en su vasta obra destacan especialmente sus novelas "Infancia" y "Juventud". Debo referirme a ellas de manera especial pues su más reciente libro, llamado "Verano" (Mondadori), viene a poner punto final a una trilogía autobiográfica, o acaso deba decirse, de auto/ficción.
Vamos a ellos. En "Infancia" narró los días de esa etapa de la vida, y lo hizo desde la perspectiva de un niño de diez años, el que sin duda mucho debía tener del autor. Deambulaba por lugares inhóspitos, llevando a cabo una suerte de doble vida, como alumno modelo y en su hogar como pequeño déspota. Los miedos, secretos y engaños, aparecen por primera vez en su vida recortados sobre el fondo gigante de las desnudas mesetas sudafricanas, en los años cincuenta.
Con semejante estilo de mesurada, de fría belleza, concibió luego la novela "Juventud", que se bebe de un sorbo. No es extensa, sí intensa. Cuenta el viaje desde Sudáfrica a Londres y su andadura como aprendiz de escritor. Y cómo va impregnándose de un mundo diferente, al que trata de comprender, ayudado por la lectura, el cine, la música, la pintura, mientras trabaja como programador informático. En esta novela iniciática nos dice que "todo hombre es una isla". Busca (sin lograrlo) el amor para ver si llega por esa vía a la creación, como suele ocurrir a los pintores, dice, pensando en Picasso. Pero los escritores "son más obstinados, más sutiles que los pintores", advierte; y aprende y cultiva la "necesaria soledad interior del artista". Muy joven, con Pound y Eliot como guías espirituales, busca, e ignora que el mundo del escritor es un largo e interminable aprendizaje.
La novela es ilustrativa del mundo de un escritor; sobre cuanto lo rodea y siente, y cómo observa el retablo en torno y busca integrarse a él.
Ahora, en "Verano", con una no menor carga de profundidad, cierra esta suerte de biografía novelada, hija de la ficción. El pretexto es la narración del libro que un joven biógrafo prepara sobre el difunto escritor sudafricano John Coetzee. Ese investigador centra sus indagaciones en un Coertzee que tiene treinta años y comparte, en Ciudad del Cabo, una destartalada casa con su padre, viudo. Y en consecuencia realiza una serie de entrevistas a personas que fueron realmente importantes en su vida. Y emerge de ese contexto un personaje por demás singular.
La identidad del ser humano, la propia existencia de este escritor que no suele dar entrevistas y se comporta como un autista, se abre aquí de manera tal que ese yo esencial del escritor llega al lector con intensidad.
Es, por cierto, un hombre solitario, inclinado a explorar esencialmente la amargura contemporánea.
¿Es una autobiografía, autoficción, una novela? No importa. Elaborada desde puntos de vista ajenos al personaje central, es un libro verdaderamente grande, escrito con un profundo conocimiento de la tradición literaria. La identidad del ser humano en la sociedad le dicta, una vez más, una honda elaboración sobre el ser humano.