GUSTAVO PENADÉS
El gobierno dio a conocer su intención de proceder al reconocimiento, en el correr del año próximo, de un Estado palestino.
En verdad, para nuestro país, pensar en la existencia de un Estado árabe en Palestina no es una novedad. Debe recordarse que la resolución de las Naciones Unidas de 1947 (en cuya elaboración Uruguay tuvo responsabilidad importante) preveía la existencia de un Estado judío y otro árabe.
En Tel Aviv, horas antes de la finalización del mandato británico sobre Palestina, David Ben Gurion proclamó el nacimiento del Estado de Israel. En esas mismas horas, Egipto, Jordania, Siria, Irak entre otros países, iniciaron una guerra con el objetivo de destruirlo.
La finalización de aquella guerra, en 1949, lejos de poner fin a la violencia, fue nada más que una tregua en un continuo protagonizado casi siempre por los mismos estados y organizaciones terroristas.
Con el tiempo, las reivindicaciones árabes originales, que partían del principio de no aceptar la existencia de un Estado judío, teniendo además la secreta esperanza de expandirse territorialmente, fueron dejadas en algunos casos de lado y se terminó por reconocer a Israel.
Cuando el premier Ariel Sharon anunció que se abandonarían los asentamientos en Gaza pensamos, y así lo escribimos en esta columna, que estábamos asistiendo a un nuevo tiempo. Dijimos, también, que una de las consecuencias posibles de la desconexión de Gaza era que fuera interpretada como una muestra de debilidad de Israel. Creemos que eso sucedió, porque, luego de ello, Hamas se apoderó de Gaza y se dedicó a intensificar su campaña de atentados terroristas con el declarado y público afán de destruir Israel.
Traemos todo esto a colación porque éste es el trasfondo de las relaciones entre Israel y la Autoridad Palestina, pero también con otros estados de la región. Existen, además, asuntos íntimamente relacionados que completan el panorama: los límites, los asentamientos, la eventualidad de intercambiar territorios, la administración del agua, el estatus de Jerusalén, los militares secuestrados, etc.
Como se puede apreciar, no son pocas las cosas que deben estar en la mente de los negociadores. ¿Es posible un Estado palestino sin haber comenzado a definir las diferencias que se mantienen en esos temas? ¿Es posible un Estado en el que el poder esté repartido entre dos grupos y en dos territorios? ¿Fatah o Hamas? ¿Existe un poder único que monopoliza el uso de la fuerza en un territorio? ¿Un Estado desde cuya autoridad no puede impedir que desde su territorio se ataque a otro? Estas no son preguntas retóricas, sino cuestiones fundamentales a la hora de analizar la existencia de un Estado.
Es fácilmente comprensible que ellas deben comenzar a tener principio de solución, y esa solución llegará únicamente por la vía de la negociación. Este reconocimiento a destiempo creemos que actúa en sentido contrario, desalienta el diálogo y conspira contra la obtención del fin último y deseado que es la convivencia de los pueblos en paz y prosperidad.