Arriba los que pagan

SERGIO ABREU

Un razonamiento normal en un régimen democrático reconoce que la sociedad, a través de sus representantes políticos, cobra impuestos para prestar los servicios públicos en beneficio de los usuarios. Los funcionarios públicos son, por tanto, los responsables de servir a la comunidad a cambio de un salario que proviene del bolsillo de todos los contribuyentes. En esa lógica, -en un país serio-, el Estado también debe ser serio en la provisión de los servicios públicos, privilegiando la calidad de vida de todos sus habitantes, en especial, los que carecen de organizaciones o sindicatos con capacidad de presionar al gobierno para cumplir con sus obligaciones.

En este contexto, los grandes desvalidos son "Don José" y "Doña María", que no llegan a comprender cómo los sindicatos públicos desnaturalizan su función captados por una visión ideológica que proclama la lucha de clases y levanta con gesto iracundo la bandera de "Arriba los que luchan".

En esta situación está el país; la vieja alianza del Frente Amplio y el movimiento sindical se forjó durante décadas en una práctica opositora que se resumió en identificar chivos expiatorios como el imperialismo, el capitalismo salvaje, la deuda externa y el viejo demonio "neoliberal", símbolo de la explotación de la clase trabajadora. Pero llegó el momento de la responsabilidad de gobernar; y como esto implica opciones distintas a la simple actitud opositora, el socio sindical comenzó a tomar distancia para continuar con su tradicional conducta de apedrear el techo de cristal del edificio republicano, sin importarle si los vidrios rotos caen ahora sobre las cabezas de sus antiguos aliados, socialistas, anarquistas, comunistas, tupamaros, etc.

Es así que en tiempos de "bonanza" nada parece ser suficiente para las corporaciones, por lo que la histórica sociedad político-sindical se ha visto reducida a dos grupos antagónicos: por un lado, gente incapaz de gobernar y por el otro gente capaz de todo.

Esto llevado a una imagen religiosa (con el debido respeto) implicaría plantear el imposible escenario de rezar una misa capitalista con sacerdotes socialistas, cuyo resultado natural es el de afectar a los feligreses en la fortaleza de su fe.

Uno de los ejemplos, el de más actualidad, derivó en la declaración de esencialidad de los servicios de recolección de basura y de guardavidas, colocando a sindicato, gobierno y partido de gobierno, en una confrontación ajena a las preocupaciones del ciudadano común que paga impuestos de toda naturaleza, sin saber cuáles son sus costos ni poder medir la eficiencia en la prestación de los servicios. Desde este punto de vista, llegó el tiempo de representar a los que no se sienten representados, independientemente de a quién votaron en la elección, porque lo que hoy está en juego es el valor de la tolerancia como sustento de la libertad y de la protección de todos los Derechos Humanos.

Toda esta gente ya comienza a percibir que "arriba los que luchan" no puede traducirse en un deterioro sustancial de su calidad de vida y, menos aún, que se siga considerando por el movimiento sindical como herejes a los que toleran o conviven con el enemigo de clase.

Particularmente, cuando en el sector público, el patrón es el pueblo que financia con su bolsillo los salarios de los que asquean la ciudad de tanta basura material y de una incipiente basura espiritual, que viene ganando espacio hasta en las cosas más pequeñas de la vida cotidiana. La tolerancia nunca ha sido una virtud de las "izquierdas", porque para la mayoría de ellas, la democracia sigue siendo una estructura burguesa con la que se convive a desgano y en la que la defensa de los Derechos Humanos depende de qué lado están las víctimas.

Por tanto, es tiempo de defender al pueblo que comienza a resistirse a ser rehén de la ruptura de la asociación entre el sindicalismo y el Frente Amplio. Es necesario que todos sepamos cuál es el costo de cada beneficio, quién paga y quién recibe, y cuánto. El gran desafío es juntar eficiencia con transparencia, para evitar que esta "izquierda" que se ofrece para alcanzar la igualdad, siga malgastando los dineros públicos alentando de este modo la dependencia y el parasitismo. La dirigencia política debe entender esta nueva realidad que no pasa por el oportunismo ni por una simple etiqueta mental. El contribuyente tiene que ser respetado en sus derechos y, sobre todo, por el sacrificado aporte que hace de su propio bolsillo, ya que el tema central no pasa por definir qué pensamos sino por demostrar cómo actuamos. En otras palabras, debería quedar claro si la acción de gobernar que es para todos, beneficia a algunos con mayor capacidad de movilización, o a su totalidad que es la que asume sus tareas diarias sin más esperanza que ser tratada con respeto y seriedad por parte del Estado.

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