Sebastián Da Silva
En Uruguay siempre hubo sindicatos fuertes y poderosos. Históricamente los bancarios, la gente del Sunca, los gremios de funcionarios públicos o los metalúrgicos fueron y son la espina dorsal del movimiento sindical. Los municipales si bien siempre fueron muy organizados, y con la suficiente financiación, no tallaban tanto como lamentablemente lo hacen ahora.
El inicio de su apogeo se inicio en el mandato de Tabaré Vázquez, quien por una estrategia política destinada a aparecer como amigo de los obreros les otorgo un cheque en blanco para hacer y deshacer a su antojo.
El resto de la historia es conocida: Mariano Arana en su grisácea debilidad les renovó un convenio cuando el país se caía a pedazos, el inocuo Ehrlich siempre intercedió para poder llevar la intendencia flotando en un agua mansa sin ponerle el cascabel al gato y recién ahora Ana Olivera a fórceps tuvo que hacer lo que hace 20 años debían de haber hecho, que es declarar la recolección de residuos como su servicio esencial.
Montevideo es gracias a to-do este lamentable proceso la única ciudad del planeta Tierra que cada más o menos 10 meses tiene que escuchar de sus gobernantes en conferencia de prensa, el pedido de guardar la basura en el balcón de su apartamento o en fondo de su casa porque no hay servicio de recolección, por medidas sindicales.
Este es el resultado de una forma de pensar absurda. Igual de absurda que el convenio en pleno 2002, igual de absurda que los aumentos astronómicos que se le dieron junto a todos los beneficios que pagamos todos los montevideanos en la intendencia más cara del Uruguay e igual de absurda que todo el pensamiento que resume esta forma de actuar que ha sido fomentado, promovido y encarnado por el Frente Amplio desde el mismo momento de su fundación.
Un pensamiento que parte de los siguientes supuestos: los empleados pertenecen a una clase distinta a los patrones, los empleados deben siempre aspirar a ganar más, sin importar el patrón de turno, los reclamos de los empleados son siempre justos, lo único solidario es la situación de los trabajadores, aunque la patronal o la empresa de turno esté con dificultades. Lo único importante es lo mío, sin importar los perjuicios a los demás. Esta lógica lleva a que el conjunto de empleados públicos más privilegiados de toda la sociedad uruguaya como son los bancarios y los municipales de Montevideo, apliquen este silogismo y se aíslen de las consecuencias que le generan a toda la población, la que obviamente no tiene, ni tendrá sus privilegios y mucho menos sueldos mínimos de mil dólares por mes. Este hilo conductor promovido por quienes hoy son gobernantes y lo sufren en carne propia, permitió que se confundieran los roles, los sindicalistas de otrora hoy deben de velar por la totalidad de la población y por ello deben de dejar la lógica de la asamblea y el círculo vicioso del franeleo y la redondilla del matecito para evitar que la gente no sea invadida por las ratas, no se contamine o pueda cobrar los salarios y las jubilaciones en tiempo y forma.
Bienvenida esta y otras esencialidades, era hora.