THE ECONOMIST | El agua, habitualmente aparece vinculada a una crisis. Se dice que el agua es el nuevo petróleo, un recurso dilapidado durante mucho tiempo que es cada vez más caro y pronto será abrumado por la demanda insaciable. Los acuíferos se reducen, los glaciares desaparecen, los reservorios se secan y los ríos ya no fluyen hacia los mares. El cambio climático promete empeorar la situación. Todo el mundo debe usar menos agua para que el hambre, las enfermedades y la migración masiva no arrasen con la Tierra. Como están planteadas las cosas, las guerras pueden estallar entre países que tienen desavenencias por represas o ríos. Si el Apocalipsis está un poco lejos, es porque los cuatro jinetes y sus caballos hicieron una pausa para beber.
Con frecuencia el problema se expresa en términos excesivos y las soluciones muchas veces están mal concebidas, aunque el mensaje básico no es erróneo. El agua es escasa en muchos lugares y lo será aun más. Lograr el equilibrio entre la oferta y la demanda será doloroso, en tanto pueden multiplicarse las disputas. Continuar las prácticas actuales es una invitación al desastre. ¿Por qué? Las dificultades comienzan con el número de personas que consumen agua. Hace 60 años, cuando la población del mundo era de unos 2.500 millones, la preocupación por el suministro afectaba a relativamente poca gente. Existían la seca y el hambre, como a lo largo de la historia, pero la mayoría de las personas podía ser alimentada sin irrigación en la agricultura. Después se produjo la revolución verde, inspirada por nuevas cosechas, fertilizantes y agua, que hicieron posible un enorme crecimiento de la población. El número de habitantes de la Tierra aumentó a 6.000 millones en el año 2000, en la actualidad es de casi 7.000 millones y se encamina los 9.000 millones para 2050. El área irrigada se duplicó y la cantidad de agua extraída para la agricultura se triplicó. La proporción de personas que vive en países con escasez crónica de agua, que fue de 8% (500 millones) a comienzos del siglo XXI, crecerá al 45% (4.000 millones) para 2050.
No existe ningún motivo lógico, físico ni hidrogeológico que impida al mundo resolver los problemas de escasez de agua. La mayoría de los obstáculos son políticos, aunque algunos tienen origen cultural y ninguno es ayudado por la asombrosa capacidad del agua para rechazar o desafiar el análisis económico. Algunos de los remedios imponen cambios de comportamiento y políticas para llevarlos a cabo. A menos que haya un gran logro en la desalinización del agua, la mayor esperanza de un encuentro equilibrado entre la oferta y la demanda proviene de una actitud más restrictiva y cuidadosa de los usuarios del agua.