Vargas Llosa y nosotros

Leonardo Guzmán

Que el Nobel de Literatura haya vuelto al Sur premiando al máximo escritor del Perú refleja rayos de sol y vuelo de cóndor en los hispanohablantes. No es cosa, entonces, de enfrascarse en valorar lo que Mario Vargas Llosa hizo o dejó de hacer cuando transitó la política. Perdió una elección a manos de quien pronto degeneró en dictador; y para no quedar a merced de los procedimientos Montesinos, debió ampararse en fueros españoles. Este Nobel vivió inclemencias y no mieles. Fue perseguido y no perseguidor. Y eso lo honra ante quienes amamos la libertad.

La Academia sueca lo premió por su "cartografía de las estructuras del poder" y sus "aceradas imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo". Excelentes razones para distinguir a Vargas Llosa, enfrentado al mundo de hoy, donde los materialismos tienen en jaque a la persona y donde un pinche cualquiera se cree con derecho a negar lo evidente, escudándose en los poderes corporativos de "el sistema", que son hoy invocados como vallas infranqueables pero que desde hace siglos provocan resistencias y rebeliones más allá de las derrotas de la persona.

Regocijémonos, pues, porque sobre tales temas del hombre perenne le han premiado a Vargas su entrega y su creatividad. Pero no nos quedemos sólo en eso. Más allá de sus títulos y sus raíces, sintamos las letras que encarna este escritor enorme y detengámonos a valorar la misión universal de la literatura: forjar sentimientos e ideas desde las cuales vivir, impulsar la imaginación, transmitir como patrimonio vivo el hábito de pensar, estimular la gimnasia que permite flexionar lo general en lo particular y ascender de lo concreto a lo abstracto.

Las ciencias que describen o analizan al hombre pueden rendir cuenta de todo lo que como especie zoológica tenemos de tabulable, pero no pueden enseñar esos aleteos del espíritu que nos hacen recorrer, en cada arco de cada día, desde el sainete a la comedia y desde el drama a la tragedia. Un poema, una sinfonía, un cuadro, un tallado nos dicen cosas que jamás van a caber en las estadísticas ni en la moda cuantofrénica; y obstinadamente esas cosas no dejan de ser centrales, puesto que nos definen como personas, al entregarnos la materia prima desde la cual sentimos, reflexionamos, hablamos de algo y aplicamos la inteligencia. Es decir, discurrimos. Antes y más allá de los oficios y las especialidades.

Una de las mayores fallas de los métodos educativos y los medios de comunicación resulta de haber abandonado el interés por la lógica del buen discurrir -el logos-, es decir, por los entramados y las articulaciones del pensamiento que nos permiten ensanchar horizontes comunes al demostrar y al palpitar.

La consecuencia es que se vive hoy con apetito de orden, gollete y grandeza. Y de las tres cosas, en el principio fue el Verbo.

Por eso, la cuestión no es colocarle la sintonía fina a las opiniones de Vargas Llosa sino -en un mundo que nos machaca el alma con malas noticias y en un país enfermo de imprecisión- compartir este Nobel con la legión que, lo mismo en tarimas visibles que en aulas ignotas, combate contra el autismo cultural que hoy hace estragos hasta en el Derecho.

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