GASTÓN PÉRGOLA
Cerca de 200 personas se reunieron ayer frente al kiosco de Fabricio Amarelle, el joven de 22 años asesinado el jueves tras una rapiña. Del lugar, caminaron hasta la casa del ministro Bonomi, que no los recibió, pero dejó un teléfono de contacto.
"Pidió que yo le dejara el teléfono. Pero así no se arreglan las cosas. Esto se arregla todos juntos. No con un teléfono. No se lo voy a dejar. Pero sí le voy a dejar en este momento la cara de la novia de Fabricio... la cara de su hermana, de su padre... ¡destrozados todos!", gritaba Alba Ferreyra, la tía del joven asesinado en Camino Maldonado, frente a la puerta de la casa del ministro del Interior, Eduardo Bonomi, mientras los demás manifestantes hacían una especie de tribuna improvisada.
Con la respiración entrecortada por el llanto, Alba explicó la ausencia de su hermana, la madre de Fabricio. "Hoy ella está tirada sobre la cama de él, dopada, llorando, y sin consuelo", dijo.
Sobre las 17 horas de ayer cerca de 200 personas, entre niños, jóvenes, adultos y ancianos se aglomeraron frente al kiosko de Fabricio, y los llantos y abrazos de familiares, vecinos y amigos, fueron la nota de una jornada de angustia y bronca.
"Los comerciantes estamos trabajando con un arma en la nuca. A mi padre lo mataron por nada", dijo Sandra, la hija de un pollero asesinado el año pasado. Hoy, el negocio lo atiende su propia hija.
"Estamos en democracia, ¿dónde están los derechos?", se preguntó una vecina, que sostenía una pancarta que hacía alusión a su dicho: "Dónde quedó aquello de que… el pueblo unido, jamás será vencido. Nos están matando a todos los que trabajamos. Que no haya más Fabricios".
Sobre las 17.20 comenzó la caminata con dirección a la casa del ministro del Interior, Eduardo Bonomi. Una de las sendas de Camino Maldonado fue cortada por el paso de los manifestantes. Los vehículos respondían con bocinas y palabras de aliento, mientras los lugareños salían de sus casas y aplaudían el paso de la marcha. Frente a la Escuela de Policía se detuvo la marcha. Allí se pusieron de frente a la fachada de la institución y comenzaron con cánticos, que pedían "justicia" y "ayuda para el pueblo".
Al minuto, la tía del joven asesinado dio unos pasos al frente y se arrodilló en medio de la calle. Entre llantos y con la foto de su sobrino levantada en lo más alto, lloró y gritó por justicia para los trabajadores asesinados, ante la mirada de no más de cinco policías que se encontraban de guardia.
"Los queremos con nosotros, queremos que nos ayuden", gritaba la señora. Dos señoras la ayudaron a que se levantara y la marcha continuó.
Mientras la manifestación se acercaba a la casa de Bonomi, cuatro efectivos policiales en moto rondaban la zona, lo que provocó la ira de los presentes. "¡Mirá, mirá los policías por todos lados ahora! ¡Nos vienen a vigilar a nosotros, vienen a cuidar al ministro de que le hagamos algo! Pero a nosotros quién nos cuida, carajo", expresó un veterano.
Ya ingresando al complejo de viviendas donde vive Bonomi, muchos lugareños iban indicando el lugar donde quedaba la casa del ministro, ante la pregunta de los manifestantes de "cuál era el número de puerta". Los familiares de Fabricio, quebrados, se pararon frente a la puerta de la casa de Bonomi, de frente a los vecinos que en todo momento fueron atrás de ellos. Allí, se pidió un minuto de silencio.
Con la casa del ministro de fondo, la tía de Fabricio dijo: "Pido un minuto de silencio para Fabricio, que hoy lo enterramos, con sólo 22 años".
Dos guardias policiales en una garita cercana, más otros dos vestidos de civil apostados a metros de la puerta, cuidaban cada detalle de la manifestación. Cuando los manifestantes se enteraron de que Bonomi no estaba para recibirlos, el repudio fue unánime.
"Qué salga", "que dé la cara o que se vaya", "responda al pueblo Bonomi, no se esconda", se escuchaba que salía de la masa.
"Yo, ministro, yo, presidente Mujica, peleé por ustedes mientras estaban encerrados, porque defendían sus ideales. Con pila de compañeros peleamos por la libertad de ustedes. Respetamos sus ideales cuando usaron armas. Pero ahora no permitan esto, porque si no vamos a tener que agarrar las armas nosotros, como las agarraron ustedes", dijo Alba, mientras era aplaudida. Tras el intento, sin éxito, de hablar con Bonomi, la masa se movilizó de nuevo hacia el kiosco de Fabricio, ya con rejas y candado, y una carta pegada en la puerta: "Mucha fuerza, estamos con ustedes. Vero, Jessi, Pablo (los de las galletitas)".
"Trabajador, estudioso y tranquilo"
Fabricio Amarelle Ferreyra tenía 22 años. Había comprado la "llave" del kiosco Dandy en diciembre del año pasado, junto con su novia, Natalia. Se conocieron en el liceo y trabajaron juntos en la curtiembre Zenda, hasta que fueron al seguro de paro, y ellos prefirieron el despido. Con ese dinero, más ahorros y ayuda de familiares apostaron al kiosco. Tenían pensado casarse el próximo año, y se habían propuesto trabajar fuerte, para empezar a juntar "cosas para la casa". La heladera, la cocina y el microondas fue la primera inversión que hicieron. "Un joven deportista, tranquilo, estudioso y trabajador", así lo resumen sus familiares. Había terminado sexto de liceo, opción medicina, y esperaba el 2011 para ingresar en Administración de empresas. Nunca se perdió ningún Pilsen Rock, cuentan sus amigos. Ya tenía compradas dos entradas para el evento, al que pensaba ir con su novia y amigos.