Peligroso

Enrique Beltrán

En la complicada maraña presupuestal se inserta un mundo de asuntos, de manera que ese aluvión de más de ochocientos artículos se hace propicio a toda clase de sorpresas.

En medio de ese matorral donde la burocracia crece a extremos insospechados, aparece como una novedad, la creación de hasta dieciocho delegados presidenciales, cada uno en un departamento. Sus funciones y atribuciones se dejan por conocer, ya que su esclarecimiento queda librado a una futura reglamentación. Hay un solo párrafo dedicado a sus competencias. Es tan vago e impreciso como que reza así: le corresponde "controlar la eficacia y eficiencia de las políticas nacionales en cada departamento." En ese envase puede caber cualquier contenido. Mientras se la reglamenta, la formulación legal es tan genérica que provoca una fuente de conflictos y de pretensiones lesivas de la autonomía departamental.

Por algo escapa la presencia de este funcionario en Montevideo. Allí, precisamente donde el Frente tiene desde hace más de veinte años el dominio exclusivo del poder comunal. Nadie puede creer que esa excepción se debe a la buena gestión de la comuna capitalina, ya que debe figurar entre las peores de los diecinueve departamentos.

Una de las razones podría obedecer a que en la capital funcionan veinticuatro comisiones zonales que nacieron durante la Intendencia del Dr. Tabaré Vázquez. Con ellas, sin embargo, sólo se agregaron nuevos pasos a los trámites burocráticos. Al mismo tiempo, se convirtieron en centros de militancia política del oficialismo.

Otra razón para la privación del delegado presidencial en la capital podría ser que su presencia en la gestión de la intendencia, tal como se encuentran las relaciones del gobierno con los dirigentes comunistas, provocaría nuevos enfrentamientos que podrían complicar aún más las tareas y las responsabilidades presidenciales. Lo está demostrando esta escalada contra su gobierno que proviene en buena parte de las tiendas partidarias instaladas en la dirigencia sindical.

Todas las razones que dejan a Montevideo afuera de ese delegado y de sus atribuciones neblinosas, tal vez se resuman en que es el departamento un vigoroso y cerrado reducto frentista, y que sería peligroso que este funcionario se pusiera a indagar detrás del cortinado donde el basural parece grande.

En cambio, los delegados presidenciales apuntan al interior. Allí donde los partidos tradicionales han triunfado en trece departamentos, especialmente el Partido Nacional. Han asumido sus autoridades elegidas por voluntad popular, defienden su autonomía, conviven en la tolerancia y en la libertad, son responsables por la tarea del progreso de su pueblo, y su autoridad emana de la voluntad popular y no de la designación presidencial. Los delegados en cada departamento de genéricas y confusas competencias, podrán ser una amenaza a la autonomía municipal, un roce incesante con la autoridad comunal, a la que en muchos casos tratará de desplazar en los hechos, y muy frecuentemente con el apoyo del partido de gobierno. Más que una inquietud por "controlar la eficacia y eficiencia de las políticas nacionales en cada departamento" como se anuncia como deletérea competencia de estos funcionarios, es probable que además sea la de agentes de proselitismo político para terminar con la predominancia de los partidos tradicionales.

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