MATÍAS CASTRO
No recuerdo exactamente cómo fue mi primer día de clases al entrar a la escuela. Tengo la idea, por comentarios hechos por mi madre en algún momento de mi vida, que fue complicado, tanto como el de muchos niños. Llanto, berrinches, madres intentando expresar tranquilidad y confianza para que uno entendiera que no quedaba separado de ella para siempre en ese edificio que parece tan frío en comparación con la calidez del hogar. Además, en la escuela se empiezan a cumplir ciertas reglas de convivencia en sociedad que tienen que ver con la vestimenta, con los horarios y con la exigencia de atender a cosas que no nos interesan naturalmente. No todos los niños reaccionan así, claro, pero la idea aquí tampoco es analizar momentos claves de la infancia. El punto es señalar que esa entrada a la escuela es, básicamente, un momento privado, un conflicto entre padres e hijos que no importa a nadie más que a la familia y, como mucho, a las maestras.
Pero hay casos en que ese momento se transforma en un espectáculo, con o sin berrinches. Ocurrió, por ejemplo, cuando algunos días atrás cuando Madonna llevó a su hija Lourdes Leon a una escuela pública de Nueva York para su primer día de clases. La ocasión fue estudiada al detalle y se convirtió en gran noticia. De hecho, algunos de sus compañeros fueron entrevistados por medios de comunicación para ver cómo se comportaba la joven. Algo parecido ha ocurrido con la hija de Thalía, cuya entrada a la escuela fue un tema que hasta la propia cantante ha comentado en público.
Ser hijo de una celebridad no es cosa fácil. Son niños y jóvenes que están mucho más expuestos e incluso tienen menos defensas que sus padres, quienes ya tienen un trayecto recorrido en esos ambientes. Y precisamente por ello se explica que algunos puntos de inflexión en sus vidas sean todo un tema para la prensa rosa. Pero eso no quiere decir que esté bien que se los convierta en parte del espectáculo.