El capital todo lo envicia

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Hay que reconocer que Evo Morales y Hugo Chávez han aprovechado el ejercicio de sus respectivos mandatos, para exponer los valores de su cultura, que se extiende por varios kilómetros. Es un error creer que todo lo reducen, por un lado, a la tenaz defensa del indígena: y, por otro lado, a la reverencia permanente hacia la memoria de Bolívar. Tienen más, mucho más, para demostrar y sorprender. El boliviano se mandó un doblete que dejó al aire libre y en la altura de La Paz, la brisa de toda su sapiencia en temas colaterales de su programa de gobierno. Ha dicho, con toda la autoridad que le otorga su colorido vestuario, que "el consumo de alimentos modificados genéticamente, es la causa de la calvicie y la homosexualidad": lo dijo en la I Conferencia Mundial de Pueblos sobre el Cambio Climático y la Madre Tierra. Remachó la frase con una dramática advertencia: "O muere el capitalismo, o muere la Madre Tierra". Todos quienes le escuchaban lo aplaudieron en emotiva unanimidad aprobatoria: pero, como ocurre a menudo en estas Cumbres, un rato después de semejante ovación todos los asistentes estaban morfando y chupando sin acordarse del capitalismo ni de la Mamá Tierra. Por su parte, "el tío Hugo" salió a la pista de las declaraciones históricas informando a todos los habitantes de su bolivariana patria, y de paso al respetable público que margina el Tablado Planeta, que el consumo de bebidas alcohólicas es el culpable de los embarazos precoces y de la inseguridad venezolana. "Eso es el capitalismo" -aulló el presidente- "que le mete (¿adónde, tío, adónde?) en la cabeza (¡ahhh!) que le mete la "novela y el sexo...y andan vendiendo cerveza como si fuera helado". Evidentemente, el día que dijo eso estaba enemistado con la coherencia oratoria. Así pasó don Chávez, sin que nadie lo detuviera, del alza térmica del amor que desemboca en una espera de nueve meses, a la frialdad de un helado que se disfruta en pocos minutos.

Es cosa de preguntarse si también fue el capitalismo, el que le metió en la cabeza esa boina roja que lo transforma en una imagen que puede figurar entre las obras maestras del terror. Y algo más, tío: no desprecie tanto la inteligencia de sus seguidores: con solo chupar por un segundo la chapita de la botella, ellos sabrán distinguir el contenido de cerveza de un helado de frutilla.

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