Privilegios que se van

Parece un contrasentido que esta sociedad se empeñe en que cada escolar disponga de una computadora, mientras desatiende el conocimiento del idioma que es la herramienta capaz de justificar el empleo de esa máquina. No son muy provechosos los ejemplos que la infancia y la adolescencia uruguayas tienen hoy al alcance de la mano en materia lingüística, sobre todo por vía oral, ya que a toda hora escuchan decir "atrás mío" (en lugar de "detrás de mí"), "quiebre" (en lugar de "fractura" o "quebranto"), "hubieron personas" (en lugar de "hubo personas"), "hace un año atrás" (en lugar de "hace un año"), "un hecho puntual" (en lugar de "un hecho concreto"), "puédamos" (en lugar de "podamos"), "media preocupada" (en lugar de "medio preocupada"), "la problemática", adjetivo, (en lugar de "el problema") etc.

Esa crisis se entiende cuando cualquier observador escucha el penoso manejo de la lengua que suele darse no sólo en los diálogos entre particulares, sino también en radio y televisión, con honorables excepciones. El buen vocabulario, la correcta gramática o la fluida sintaxis no figuran entre las cualidades más frecuentes de la gente de hoy, mientras hay motivos para pensar que el rigor formativo en el terreno idiomático tampoco abunda en la enseñanza primaria de estos últimos tiempos, por no hablar del ámbito familiar que debería ser su complemento. Los niños y adolescentes tienen precarias nociones sobre el alcance o el significado de los vocablos y sobre el debido uso de los tiempos verbales, confundiendo a menudo el subjuntivo con el condicional, sin ir más lejos, de manera que hablan mal y escriben peor, aunque casi nadie parezca preocuparse seriamente por ese empobrecimiento que sin embargo tendrá lamentables consecuencias en el futuro.

El papel del idioma en la vida familiar y social se deteriora, aunque no se encuentra sólo en esa caída. Lo acompañan otros declinantes conocimientos de interés general y muchos puntos de referencia que permitían a generaciones anteriores entender un planteo bien informado, comparar entre sí dos o más períodos de la historia o mejorar la comunicación y la comprensión entre gente común para evitar un malentendido o un conflicto, interpretar convenientemente un problema ajeno o enseñar mejor a ver el mundo y descifrar la conducta del prójimo, transmitiéndola verbalmente como corresponde. A medida que los instrumentos del lenguaje van decayendo, también se apaga de muchas maneras la relación con los demás, resbalando poco a poco hacia una expresividad rudimentaria que antes era más precisa, más rica y seguramente más esclarecedora.

Puede ser revelador de ese proceso -y a veces también inquietante- escuchar como se habla y el léxico que se emplea en películas comerciales o programas populares de televisión, donde el desenfado se confunde con la grosería y la franqueza con la procacidad, buscando sustitutos a menudo deplorables para el sentido del humor y machaconas formas de un realismo oral que se degrada en su propia reiteración de palabrotas. Igual que en la avalancha que provocada un alud, que al principio es silencioso pero luego destroza todo bajo su estruendo, la depredación sufrida por el idioma puede pasar inadvertida en un comienzo, pero arrastra con ella muchas otras cosas, no sólo la pérdida de estilo, de hermosura o de elegancia, sino además las posibilidades armonizadoras sobre el ánimo personal o colectivo que puede tener el adecuado manejo de la palabra y la concordia que ese manejo favorece en un medio social. Por esa pendiente, la comunidad corre el peligro de fraccionarse entre un núcleo de estudiosos o eruditos y una masa de iletrados cuyo acceso a las manifestaciones verbales o escritas podrá bordear la penuria. Se perderá la expansión de la cultura y su afianzamiento, afectando de paso a los fundamentos democráticos que la acompañan, porque también ellos dependen de que su comprensión llegue a todos.

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