MATÍAS CASTRO
A veces me pregunto qué es lo que despierta el fanatismo por ciertas celebridades. No me refiero a las celebridades que actúan o cantan, sino hacia aquellas cuya fama se sustenta en sus vidas privadas y no en sus trabajos. Me lo pregunto cada vez que veo la imagen de Lindsay Lohan, ya sea en un video, en televisión o congelada en una foto. ¿Despierta admiración? ¿Envidia?
Evidentemente uno de los grandes factores que la colocan donde está, y lo mismo se puede decir para muchas otras figuras, es la insistencia de los medios de comunicación. Si aparece en televisión y en las revistas a diario, habrá gente que siga su historia. Y tal vez no sea cuestión de fanatismo, sino de que es simplemente una historia de telenovela que se puede vender y que luego puede ser comentada.
Hay que atender a que esta clase de figuras suele tener una vida poco corriente. Lohan, después de todo, fue a la cárcel y a rehabilitación y tiene los dos padres más polémicos del mundo del espectáculo estadounidense.
-Nunca ofrecí venderle nada a nadie. Tengo los sobres y los sellos con las fechas para probarlos. Yo jamás quise ofrecerlos a la venta.
La frase fue dicha por Michael Lohan, padre de Lindsay y hombre particularmente involucrado en la carrera decadente de ella. Se defendía de las acusaciones que se le formularon por que supuestamente vendió partes del diario íntimo de ella a un diario. Su hija fue a la cárcel por drogas y por desobedecer órdenes judiciales, luego fue a rehabilitación y ahora se mantiene con cierta discreción. Sin embargo su padre tomó la posta y acaba de armar una nueva polémica.
El resultado de esto es que el nombre de Lindsay Lohan no deja de sonar jamás, haga lo que haga. Es que ella es parte de un fenómeno raro y lejano para Uruguay, porque la sola presencia de su nombre ya implica rating, ventas y clicks en Internet. Y si a eso se le agrega algún condimento de escándalo, líos familiares y otras cuestiones, las posibilidades de negocio se amplían.