En la vida de las naciones, así como en la vida de los individuos, hay momentos en los que cunde el desánimo, el desconcierto, el quebranto de las esperanzas. Es lo que ocurre hoy, en nuestra gente, en la población de nuestro país. ¿Qué nos pasa? ¿Estamos tan mal organizados, tan mal estructurados social y económicamente, vivimos en una sociedad tan inicua que asistimos a una verdadera revuelta sindical contra el resto de la sociedad?
Si se produce un paro en el servicio de transporte colectivo de pasajeros, por ejemplo, los perjudicados por dicha medida son los usuarios de todos los sectores sociales que no pueden prescindir de ese servicio, no importa que sean obreros de fábricas, estudiantes, profesores y maestros, cooperativistas, médicos, empleados públicos o privados, etc., absolutamente todos los que no disponen de locomoción propia. Cada uno de estos sectores laborales, a su vez, puede hacer, o hace un paro que afecta, directa o indirectamente, la vida de todos los demás integrantes de la comunidad. De una u otra manera, todos y cada uno de nosotros somos copagadores de cuanto paro se produce.
No se pretende poner en tela de juicio el derecho del trabajador a utilizar el paro como instrumento de lucha en favor de sus reivindicaciones. En absoluto. Quien trabaja tiene derecho a protestar en pro de su salario o de mejorar las condiciones bajo las que trabaja. Pero cuando se echa una mirada global sobre la situación imperante en un momento especial -como el presente- se advierte que el número abrumador de paros, ocupaciones, movilizaciones es causa y consecuencia, al mismo tiempo, de una cultura deliberadamente impuesta: la cultura del paro, no la del trabajo. No sirve de excusa aducir que esta avalancha de paros se produce en sintonía con los debates que preceden a la sanción de la ley presupuestal que nos regirá durante un quinquenio. ¿No se está yendo demasiado lejos? ¿No se está subordinando el interés nacional al interés sectorial?
Y siguen las preguntas: ¿A nadie lo conmueve que una decisión gremial provoque deliberadamente, una notoria escasez en la distribución de leche, un alimento vital para niños, enfermos y ancianos? ¿O que un grupo de enfermeros se arrogue facultad de admitir, o no, a los pacientes que deben ingresar a un CTI?
Al parecer, la salud de nuestra población es un tema menor pues el personal de algunos hospitales amenaza con el corte total de la asistencia que brindan y, también, profesionales de la medicina decretan paros en distintas instituciones y policlínicas y hasta proyectan un paro nacional. Tampoco la educación cuenta para nada: sentimos vergüenza ajena cuando nos enteramos de los "planes" docentes. Nunca hacen referencia al descenso de nivel educativo, al ausentismo de maestros y profesores, a la deserción estudiantil, a la falta de valores en la enseñanza... La mente de quienes dirigen estas asociaciones gremiales no está ocupada por estos problemas.
¿A quién atribuirle buena parte de la responsabilidad de su existencia? ¿Al Estado, que no quiere o no puede incrementar el ya abultado 4,5% del PBI destinado a la enseñanza -que, obviamente, no ha producido resultados positivos- o a los docentes que sólo se manifiestan públicamente cuando se trata de la satisfacción de sus demandas salariales?
Revelando poseer dones de iniciativa y de organización dignos de causas más defendibles, los profesores elaboran un calendario de paros y de asambleas que cortan el aliento. Hasta el IPA es ocupado por los futuros docentes que se forman allí.
Paros y más paros, pero "perlados". Lo único que no para son los paros. Ya lo sabe el Presidente Mujica con su récord de dos paros generales en los pocos meses que lleva su mandato. Ya lo sabe, también, toda la izquierda, madre de leche de estos procedimientos con los que acosó a los gobiernos de los partidos tradicionales pero que ahora sufre en carne propia aquello de "cría cuervos que te quitarán los ojos". Por desgracia, en nuestro país, es el pueblo uruguayo el que está en la picota.