NUEVA YORK | NEWSWEEK
Cinco años atrás el tema central en la cumbre del G8 fue la ayuda exterior, pero en su última cita las potencias no hicieron mención a este punto. Esto no sorprende, pues muchas están rescatándose a sí mismas, pero puede traer problemas futuros.
Francia, Estados Unidos, Alemania, Italia, Canadá, Rusia Japón y la Unión Europea acordaron en su último encuentro, en junio, trabajar con intensidad en la habitual letanía de causas buenas -la paz, el calentamiento global, entre otras- con una excepción notable. El tema que había dominado la cumbre hace sólo cinco años -la ayuda exterior- apenas fue mencionado. Quizás ello no resulte sorprendente, si se considera cuántos de los países ricos están ocupados rescatándose a sí mismos de la crisis de la deuda, aunque es emblemático de un mal más extendido: la muerte de la generosidad.
Hace una década, la mayoría de las economías occidentales estaba en auge y los líderes como Tony Blair y Bill Clinton, se inscribían en campañas con celebridades de alto perfil para impulsar la ayuda pública y privada al mundo en vías de desarrollo. La estrella de la música, Bono, se convirtió nuevamente en una celebridad global, esta vez como experto en desarrollo. Los conciertos Live 8 y la jornada de Llamado Global a la Acción contra la Pobreza, en 2005, congregaron a decenas de millones de ciudadanos preocupados de todas partes del mundo. El libro del economista Jeffrey Sachs sobre cómo terminar con la pobreza a través de una masiva inyección de ayuda, estuvo al tope de las ventas.
En la Casa Blanca, en tiempos de George W. Bush, la idea (empíricamente dudosa) de que la pobreza genera terrorismo hizo surgir a la Corporación del Desafío del Milenio, destinada a impulsar la ayuda y premiar a naciones receptoras bien gobernadas. Esa acción dio resultado. Entre 2001 y 2005, los gobiernos alrededor del mundo más que duplicaron sus asignaciones de ayuda exterior, creando el clima de optimismo que reinó en la cumbre del G8, de 2005, realizada en Gleneagles, Escocia, en la que todas las naciones del grupo, con excepción de Rusia, se comprometieron a aportar a un nuevo paquete de ayuda por US$ 50.000 millones destinado a los países más pobres del mundo, incluyendo US$ 25.000 millones para África. Ese flujo nuevo de ayuda fue diseñado para ayudar a las naciones más pobres a alcanzar las Metas de Desarrollo del Milenio, fijadas por Naciones Unidas, para 2015, que comprendían la erradicación de la extrema pobreza y el hambre, y el logro de la educación primaria universal.
Los donantes privados también abrieron sus billeteras. En 2006, Bill Gates persuadió a su colega magnate Warren Buffett para que legara la mayor parte de su fortuna a la Fundación Gates, casi duplicando sus activos y creando la institución filantrópica con mayor poder que cualquiera que haya existido en el mundo, dedicada principalmente a poner fin a las enfermedades mortales en el Tercer Mundo.
Sin embargo, en 2010, la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) descubrió que el G8 estaba en camino de quebrar su compromiso de 2005 y probablemente proveería a África de menos de la mitad del dinero que se había comprometido a dar. Otros estudios sugirieron peores noticias. En abril, la ONG Oxfam observó que la ayuda exterior de las naciones ricas, en los hechos, había caído US$ 3.500 millones entre 2008 y 2009 y no iba a cumplir los objetivos fijados anteriormente. El gasto de Italia en ayuda se redujo 31%; el de Alemania 12%, el de Japón 11% y el de Canadá 9,5%. En junio, los países del G8 reconocieron que habían donado sólo US$ 6.500 millones de los US$ 20.000 millones prometidos en la Iniciativa de Seguridad Alimentaria de L`Aquila, diseñada para combatir el hambre y la pobreza en las naciones en vías de desarrollo. Parece improbable que el mundo cumpla con las Metas de Desarrollo del Milenio para 2015.
Hasta en Afganistán, el país pobre más importante para la política exterior de Estados Unidos, las cifras de la ayuda no son acordes con las promesas. En 2002, el presidente George W. Bush prometió el equivalente a un Plan Marshall para Afganistán, pero de acuerdo con lo que indica el experto en temas afganos, de la New America Foundation, Peter Bergen, nunca cumplió. Bush incrementó la asistencia humanitaria a Afganistán de US$ 1.300 millones en 2004 a US$ 1.900 millones, en 2008, pero ese es un monto mucho menor al que Washington otorgó para reconstruir los Balcanes, en la década de los 90, y representa una mucho menor parte del PBI de Estados Unidos que el compromiso de reconstrucción de Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, a través del Plan Marshall.
AISLADOS. Un gran obstáculo a la ayuda es la política de gastar dinero en los problemas de otros países. El presidente Bush disfrutó de una credibilidad similar a la generada por Richard Nixon cuando visitó China, con los conservadores, quienes tienden a ser más escépticos sobre la ayuda externa. Pero, la baja popularidad de Barack Obama entre los votantes conservadores hace casi imposible que pueda convencerlos de un programa de ayuda a éstos. Tener un alcance de esas características puede alimentar los estereotipos estadounidenses de que los republicanos son más duros en materia de seguridad nacional, mientras los demócratas prefieren el poder blando.
Por sobre todo, los estadounidenses no están con ánimo generoso. Un encuesta difundida en diciembre último por la organización de investigaciones Pew, reveló que casi la mitad de los estadounidenses indicó que Estados Unidos "no debe meterse en cosas ajenas" en el mundo. Esa cifra es el más alto nivel de apoyo al aislacionismo en décadas. No ocurre sólo en Estados Unidos. Las encuestas muestran que el aislacionismo está al mismo nivel en muchas naciones ricas de Europa y Asia, incluyendo Japón, que desde hace mucho tiempo es uno de los mayores países donantes.
No resulta sorprendente que países como Italia, una de las economías industrializadas más débiles, hayan recortado sus presupuestos de ayuda más de 30%, mientras Francia no ha cumplido con los compromisos asumidos y el gobierno de Obama ha reducido el presupuesto para la Corporación de Desafío del Milenio, de US$ 3.000 millones solicitados en 2008 a US$ 1.400 millones en este año.
En las naciones ricas, la creciente demanda de gratificación política instantánea también socava el compromiso de largo plazo con los programas de ayuda. Por ejemplo, India, impulsada en parte por la asistencia externa, lanzó un programa de modernización de la agricultura que pasó a ser conocido como la revolución verde a comienzos de los 60, aunque la mayoría de los resultados no se vio hasta la década de los 70 y después.
Luego del huracán que devastó Haití en enero último, los gobiernos y ciudadanos privados alrededor del mundo se apresuraron a contribuir al esfuerzo de reconstrucción, con frecuencia comprometiéndose a aportar dinero a través de nuevos instrumentos como los teléfonos móviles. Pero, a medida que el gobierno haitiano, que en el mejor caso es débil, se esforzó por superar las dificultades de reconstruir y realojar a los sin techo, muchos donantes se sintieron frustrados. Si bien han transcurrido sólo siete meses desde el terremoto, hubo desembolsos por US$ 506 millones de los US$ 5.300 millones comprometidos al país. "Los donantes habitualmente fijan marcos de tiempo irreales para la reconstrucción. El nivel de daño a la infraestructura asestado a Haití sugiere que deben pensar en términos de años, si no de décadas", advirtió un informe de Oxfam de Gran Bretaña sobre el desastre.
Los donantes privados han luchado con los mismos desafíos, especialmente porque las personas ricas están acostumbradas a tener resultados rápidos en el mundo de los negocios, pero con frecuencia no pueden reproducir el éxito con la misma rapidez a través de la filantropía externa. En junio, Gates y Buffett lanzaron una nueva campaña denominada Compromiso de Dar, para persuadir a otros magnates estadounidenses a que donaran la mitad de sus activos a la caridad y alrededor de 40, incluyendo al filántropo de Los Angeles, Eli Broad, se inscribieron. Sin embargo, esa buena noticia opaca el hecho de que hay cientos de otros magnates que han decidido guardarse la riqueza para sí mismos.
PELIGRO. Recortar la ayuda exterior parece un mal necesario cuando los países como Italia o Gran Bretaña podrían necesitar ser rescatados. Sin embargo, revertir los compromisos del G8 tendrá severas consecuencias. Por un lado, significa crear una brecha entre un nuevo grupo de donantes como China y Venezuela para impulsar sus compromisos de ayuda. Esos países no requieren el mismo tipo de respeto a los derechos humanos ni gobernabilidad de alta calidad que Occidente exige como condición para la ayuda. Además, si el mundo fracasa en la erradicación del hambre, un objetivo asumido para el milenio, los niños de muchos países en vías de desarrollo seguirán careciendo de alimentos, lo que generará un ciclo de crecimiento atrofiado, débil desarrollo del cerebro y pobre rendimiento económico. Si el mundo no alcanza la meta de educación primaria universal, los países africanos quizás nunca puedan ponerse a la par de sus competidores del Este de Asia, que tienen sólidos sistemas de educación primaria.
En Afganistán y en muchos otros países, el desarrollo fracasado puede crear Estados fracasados, lo que puede generar radicalismo y militancia. El índice Anual de Estados Fracasados que elabora la revista Foreign Policy, los tres "ganadores" -Somalia, Chad y Sudán- son también zonas de desastre humanitario. Asimismo, son lugares donde la inestabilidad ha permitido que poderosas organizaciones de militantes se establezcan y eventualmente amenacen a las instituciones locales, así como a las occidentales. Eso podría necesitar del uso de más poder duro de parte de los países del G8, lo que es mucho más caro, en dólares y vidas, que la inversión apropiada de la ayuda externa.
Las cifras
50.000 Millones de dólares prometió donar el G8 en 2005 a los más pobres del mundo.
3.000 Los millones a los que Obama redujo los fondos para las Metas del Milenio.
3.500 Millones de dólares menos donaron las naciones ricas entre 2008 y 2009.
31% Se redujo el plan de ayudas de Italia; el de Alemania 12% y 11% el de Japón.
Mala gobernanza de países pobres desalienta donación
Los países receptores de la ayuda externa no se han ayudado demasiado a sí mismos. A comienzos de la primera década del siglo XXI, muchos países en vías de desarrollo se comprometieron con entusiasmo a mejorar la gobernanza, con la finalidad de que la ayuda fuera más eficaz.
En 2001, las naciones africanas acordaron una Nueva Asociación para el Desarrollo de África, una acción en todo el continente para mejorar la gobernanza, promover el desarrollo equitativo, combatir la corrupción y cumplir otras metas compartidas por los donantes de Occidente y los activistas de la sociedad civil en la mayoría de los países en vías de desarrollo. En 2006, el rico emprendedor de las comunicaciones sudanés, Mo Ibrahim, creó un premio de US$ 5 millones para el líder africano que enfocara su acción a mejorar en el desarrollo, la gobernanza y la educación.
Sin embargo, la actuación de esos países receptores de la ayuda, con frecuencia, ha sido lamentablemente pobre, un fracaso que aliena aún más a los donantes.
Por ejemplo, Kenia se comprometió, en 2002, a implementar un programa más duro de reformas, y designó como zar anticorrupción, a John Githongo, un prominente luchador contra los sobornos y el dinero malhabido. A los dos años, Githongo había sido desplazado del verdadero poder y tuvo que huir, debido a que sus investigaciones no pudieron cambiar el clima de corrupción en Kenia.
Githongo logró volver al país y lanzó un movimiento de defensa de la cristalinidad, pero poco ha cambiado, aunque hay alguna esperanza de que la nueva Constitución, aprobada en Kenia este mes, pueda frenar algunos de los peores abusos.
De cualquier manera, los legisladores de Kenia, en fecha reciente, se votaron para sí un nuevo aumento salarial y pasaron a ganar unos US$ 170.000 por año, casi lo mismo que los miembros de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, aunque el ingreso nominal promedio por año en Kenia es de sólo US$ 900, en comparación con unos US$ 46.000 en Estados Unidos. NEWSWEEK