Mortandad en la calle

Los uruguayos deberían observar con más cuidado algunas cifras. El año pasado, por ejemplo, murieron 535 personas en accidentes de tránsito ocurridos en el país. La suma de víctimas resulta más aterradora si se considera el total de los últimos treinta años, porque en ese período y a nivel nacional se llega a 15.000 muertos y 500.000 lesionados en accidentes viales. Para tener una idea de semejante mortandad, cabe pesar que con esa cifra de víctimas fatales podría llenarse quince veces el Teatro Solís y que con el saldo de lesionados se llenaría siete veces el Estadio Centenario. Pero el problema persiste, de acuerdo al registro que surge de la crónica policial de cada día, sin ir más lejos.

A las conclusiones señaladas ha llegado un informe emitido por la Unidad Nacional de Seguridad Vial, entidad creada hace tres años a tales fines, que acaba de presentar ese balance ante la Comisión de Tránsito del Senado, como reflejo de la preocupación que despierta la mencionada contabilidad en los círculos oficiales. Dicha inquietud crece al mismo ritmo que la gravedad y la frecuencia de los accidentes, en los que últimamente es habitual que intervengan motocicletas, delatando tres cosas: la proliferación de la flota de birrodados, la imprudencia suicida con que se conducen esos vehículos y la consiguiente pérdida de vidas, mayormente jóvenes.

Cuando las autoridades hablan de "vislumbrar estrategias que puedan resultar eficaces" en materia de accidentes, califican el cuadro actual como "un problema de salud de nuestra comunidad, dentro de los conceptos generales de seguridad ciudadana". En esa definición asoma la profundidad del panorama, porque ciertos índices de violencia e irresponsabilidad en el tránsito no constituyen un fenómeno aislado ni una crisis casual, sino un espejo de otros síntomas sociales igualmente vinculados a la agresividad, el desorden y la anarquía que afectan al país, como la violencia en los espectáculos deportivos, la violencia en los centros de enseñanza o la violencia delictiva en capas adolescentes y juveniles de la población. No hay que hacer demasiados esfuerzos para detectar la unidad que existe entre todas esas facetas de un deterioro de fondo, entre cuyos orígenes puede aludirse a la pérdida del principio de autoridad y de la noción de disciplina colectiva.

Una sociedad es un cuerpo orgánico donde todo se manifiesta proporcionalmente. Por eso también la inseguridad aparece en el terreno familiar, en el ámbito criminal y en la circulación callejera, como ramas de un mismo tronco. Si todos los conductores manejaran juiciosamente, respetando los derechos ajenos, observando las señales de tránsito y conociendo las reglas de circulación, las cifras de accidentes serían menos perturbadoras. Pero el comportamiento colectivo ha perdido la brújula en esa materia, como la ha extraviado igualmente en otros campos de la conducta comunitaria, de manera que no se trata de un simple problema de circulación, sino de una crisis cultural mucho más amplia.

Tampoco se trata de un paisaje meramente nacional, sino mundial. En el hemisferio americano mueren 130.000 personas por año en accidentes de tránsito, con lo cual Sudamérica tiene el 38% de las muertes por esa causa en el mundo. En el Uruguay se registran 16 muertes cada 100.000 habitantes, aunque en Argentina esa cantidad trepa a 28 cada 100.000 y en Venezuela a más de 20. En Estados Unidos hay 44.500 muertes anuales en accidentes de tránsito, lo cual significa un porcentaje similar al uruguayo en esas áreas. Según la Organización Mundial de la Salud, en el planeta se produce más de un millón de muertes al año (y 35 millones de heridos) en calles y rutas. Ese es uno de los costos de la devoradora multiplicación del parque automotor y del malsano desahogo que suponen las altas velocidades, entre otros picos igualmente sombríos del problema.

Habrá que insistir con las campañas de educación vial, si se pretende salvar vidas en ese fúnebre inventario del transporte.

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