Cuando observamos la situación de nuestro país, sus insuficiencias, sus desigualdades, su sistema educativo, su falta de dinamismo y de eficiencia en muchos órdenes, sus proyectos tautológicos que nunca llegan al plano de la concreción, en fin, cuando tenemos presente que otras sociedades que habitan en territorios sensiblemente menores que el uruguayo tienen un gran desarrollo e integran el llamado Primer Mundo, entonces nos sobreviene una especie de complejo de inferioridad y cunde el desánimo ante nuestro futuro.
En reacción a esa visión pesimista sobre nuestras posibilidades, solemos recurrir al pasado, a la exaltación de algunos hechos honrosos y gratificantes que, obviamente, satisfacen la necesidad de sentirse orgullosos. En esos momentos, adquiere certeza el verso de Manrique: "cualquier tiempo pasado fue mejor..."
Sin embargo, no siempre es así. El ser humano tiende a desvalorizar su presente y a soñar con lo que fue anteriormente, quizá porque lo pretérito no forma parte de sus responsabilidades actuales. Olvidamos que también en el pasado se criticaba duramente la situación imperante en los días que se vivían.
Hace 40 años, por ejemplo, una nota editorial en esta misma página hacía referencia a que "en el Uruguay no hay volcanes que estallen, ni terremotos desvastadores, ni sequías o inundaciones catastróficas, ni conflictos raciales, ni pauperismo extremo, sino un suelo llano y feraz, transitable por doquier, un clima agradable sin extremos insoportables". Tampoco hay diferencias sociales abismales que no se puedan superar con esfuerzo y capacidad. Corrientes humanas de la más diversa procedencia se han asimilado e integrado entre sí. Ante tal panorama, se llegaba a la conclusión de que, quizá, el mayor problema que tenía que enfrentar ese pequeño gran país no era otro que la falta de un problema verdadero.
¿Seguiremos sosteniendo algo parecido hoy en día? Creemos que sí.
Debemos tener en cuenta que somos apenas tres millones y medio de personas en medio de dos gigantes territoriales y demográficos: Brasil, con casi 200 millones de habitantes y Argentina con cuarenta millones y enormes riquezas. O sea que, para que nuestros vecinos se igualen proporcionalmente con nosotros deberían producir, generar o protagonizar, cualitativa y cuantificativamente, de acuerdo a la siguiente escala aproximada: Brasil, 57 veces más que Uruguay; Argentina, once veces más. Dicho de otro modo: el país norteño tendría que "producir" cincuenta y siete veces un Vaz Ferreira, un Rodó, un Fabini, una Juana de América, campeonatos mundiales de tal o cual deporte, hombres de ciencia y arquitectos notables, políticos de enjundia, jurisconsultos, etc. Y Argentina, para equipararse con nosotros, tendría que generar once veces más hombres o hechos destacados que los que nosotros ofrecimos al mundo.
Lo realmente llamativo es que nuestra siempre escasa población haya logrado realizar aportes de relevancia mundial en infinidad de disciplinas diversas.
No cabe, pues, ningún escepticismo respecto al ser uruguayo. ¿Qué otro país en el mundo, con territorio y población similares al nuestro, ha producido personalidades y acontecimientos de significación parecida? Es un dato absolutamente objetivo. No lo mencionamos para envanecernos sino para justificar nuestra moderada autoestima nacional, la cual, a menudo, se ve contrarrestada por un espíritu crítico, a veces intolerante y excesivo, hacia nosotros mismos.
Nada de lo que antecede implica que cerremos los ojos ante una realidad que puede ser negativa, que nos puede angustiar, indignar o desconcertar.
En honor a la verdad, esa realidad -hoy, ayer y siempre- obedece a nuestros desaciertos pero, también, es un reflejo de la civilización que integramos.
Asumamos, pues, la cuota parte de la responsabilidad que nos corresponde y bregamos por atenuar sus efectos. Podemos hacerlo, como señaló exitosamente B. Obama en su programa pre electoral. Porque, en balance, vale la pena seguir siendo como somos.