RENZO ROSSELLO
Una pequeña ciudad de pasado colonial. Ricos y pobres, blancos y negros, calor y frío. Pese a los marcados contrastes Kimberley abrazó con calidez a la delegación uruguaya. El fotógrafo de El País capturó algunas instantáneas sudafricanas.
"Es más chico que Paysandú", ilustra Gerardo Pérez mientras cuenta a su regreso de Sudáfrica a la rueda de compañeros que lo oyen ávidos. Se refiere a la ciudad de Kimberley, la que recibió a la delegación celeste y que terminó haciéndose hincha de los 11 uruguayos.
El reportero gráfico de El País no tuvo, al igual que sus otros tres colegas uruguayos, tiempo de desviarse del itinerario que imponía la celeste. De todos modos, entre práctica y práctica, partido y partido, viajes de diez horas de una sede a la otra, Gerardo intentó captar algo del inefable color local.
"Lo que más llama la atención son los contrastes que se ven: hay personas muy, muy ricas y gente muy pobre, parece no haber términos medios", recuerda como tónica general de todas las ciudades sudafricanas que visitó.
Kimberley es una ciudad de poco más de 210.000 habitantes. Fue fundada en 1873, pero unos años antes un explorador había descubierto lo que la hizo famosa: una pequeña piedra de color blanco a orillas del río Orange. Un diamante de 21 kilates. La extracción de diamantes continúa hasta hoy y, de hecho, el denominado Big Hole (Gran Agujero), la antigua cantera cerrada en 1910 es un amenazante hoyo de 240 metros de profundidad que, dicen, tarde o temprano terminará por tragarse parte de la ciudad.
De hecho, la visita a una réplica de pueblo minero de fines del siglo XIX y un viaje subterráneo por una mina son las atracciones principales de la ciudad de Kimberley.
"Cuando se baja a la mina por un ascensor que demora una eternidad se sienten las explosiones, el golpeteo de los picos", recuerda todavía sorprendido el fotógrafo. De cualquier modo, ninguna emoción se compara a la que sintió en la cancha frente al arco de Ghana.