Juan Martín Posadas
En el país hay instalada una temporada de buena onda. ¿No ha notado? Los elementos de ambigüedad, lo vago y desconocido, que generalmente causan irritación y nerviosismo, hoy se toman con calma. ¡Hasta nos creemos las promesas del gobierno argentino!
Tomemos otro caso: la reforma tributaria propuesta por el gobierno. Avanza como la nave fantasma, silenciosa en la neblina, con sus ambigüedades, sus agujeros negros y sus imprecisiones. Es un mazacote de criterios impositivos junto a preceptos de transparencia. ¿Por qué mezclaron estas dos cosas que nada tienen que ver entre sí? ¿Por qué no abre la boca para explicarla y defenderla ningún legislador del Frente Amplio? (Ud. habrá notado que por la oposición ni pregunto). Pero, lejos de potenciar inquietud y levantar clamores, la nave sigue avanzando.
Quienes han levantado objeciones y se han puesto nerviosos se encuentran fuera del sistema político: son algunos empresarios y algunas Cámaras (y algunos periodistas). Siendo confusa la propuesta no podrían esperarse refutaciones muy claras pero algunas son de difícil comprensión. Se objeta que la norma introduce un cambio de criterio casi filosófico (territorialidad de las bases imponibles). ¿Y? El gobierno está en su derecho de proponer cambios. Se objeta, por otra parte, que el exceso de transparencia vulnera el derecho a la privacidad de las personas. Sobre esto último hay mucha tela para cortar.
Empezando por lo más grueso: el derecho a la privacidad en el siglo XXI no existe más, no tiene sustento material. Todo hoy está registrado en alguna parte sin su consentimiento (a no ser que Ud. no tenga cuenta bancaria, ni línea telefónica, ni tarjeta de crédito, ni propiedades a su nombre, ni se atienda en una mutualista, ni vierta al BPS o cobre de él…) Creo que el proyecto de ley no debe ser objetado en el plano del derecho o filosófico sino político (de "real politic").
La fiebre por la llamada transparencia apareció en el mundo industrializado como reacción a dos fenómenos que tuvieron lugar en su centro neurálgico (o sea, muy lejos de nosotros): primero el atentado a las Torres Gemelas y luego el pufo de las hipotecas podridas. El mundo es injusto: los grandes hacen enchastres (grandes) y luego le echan la culpa a los chicos. Fue en seguida de aquel sacudón financiero que empezamos a oír hablar de los paraísos fiscales y, de golpe, aparecimos en una lista negra de la OCDE. Nuestros gobernantes temieron por el prestigio del país y se empezaron a apretar.
La OCDE fue constituida en 1948, durante decenios nadie oyó hablar de ella, carece de jurisdicción y no tiene autoridad. Pero hace unos cinco o seis años la reformaron para que se ocupara de "prácticas impositivas nocivas" (¿nocivas para quiénes?); empezó a confeccionar listas negras y un buen día aparecimos en la lista. Le agrego un dato: Grecia es miembro fundador de la OCDE (¡y Uruguay en la lista negra!). Como decía Marx (el Grande): "jamás aceptaría integrar un club que admitiese de socios a gente como yo". Y -en tren de citas- Mujica antes de ser Ministro: el asunto no es tener una economía tal o cual sino evitar tener una economía gil. ¿No vamos camino a meter la cabeza en el lazo con demasiada tranquilidad?