Calma. No da ni para euforias, ni para depresiones. No es cierto ni que la selección uruguaya de fútbol ya cumplió por lo que hizo hasta ahora, ni que esté para ir a más.
Basta de estadísticas y comparaciones. Son un entretenimiento aunque poco influyen en el resultado de un partido de fútbol. Alcanza con tener un país semiparado casi una semana, y parado del todo como estará hoy, y una iniciativa ministerial repelida con grosería que desentona en el buen humor general.
Es cierto, aquí el fútbol es más que un deporte. Desde que el faro de Colombes iluminó el éxito de los seis años siguientes y quisieron hacernos creer que Maracaná fue una epopeya o una casualidad -y no fue ni una ni otra cosa, sino simplemente un partido que ganó Uruguay sólo porque ju-gó mejor que el rival- muchos se convencieron que el destino nos reservaba un sitio de privilegio universal.
Eso abrió camino a una hipocondría nacionalista que degeneró en la conclusión que si de fútbol se trata, no alcanza una figuración honrosa.
A médicos de la jerarquía de los Leborgne, abogados del nivel de Couture, poetas de la enjundia de Zorrilla, el alternar entre los más destacados del mundo, los hace acreedores del reconocimiento de todos.
Pero si la selección de fútbol clasifica entre los ocho primeros de un Mundial pero no es la primera, parece que se trata de una decepción patriótica.
Ver al país plagado de banderas nacionales es un placer. Ojalá siguiéramos así para siempre, porque es una manera de unirnos.
Y lo necesitamos por razones bastante más trascendentes que la continuidad de la clarinada de las vuvuzelas que nos llegan de Sudáfrica.