El segundo decálogo

Apocos días de que asuman sus cargos los nuevos titulares de la Intendencia Municipal de Montevideo, cabe cumplir con lo anunciado en esta página hace ocho días. En esa oportunidad, y al cabo de veinte años de gestión a cargo de la actual coalición de gobierno, se publicó un decálogo con las asignaturas pendientes de esa administración comunal, pero allí también se advertía que la extensa lista de temas a considerar permitía agregar un segundo decálogo, que aquí está.

1) El Municipio montevideano ha sido incapaz de resolver sus relaciones con Adeom, el agresivo gremio de los funcionarios, con el que mantiene un trámite a menudo borrascoso. En ese plano se le presenta un pleito interminable, en el que las autoridades departamentales han distraído parte de la prioridad, de la atención (y de los recursos) que están obligadas a otorgar a los habitantes de esta ciudad. No les conviene olvidar que Adeom es el más impopular de todos los sindicatos del país y probablemente de toda la historia de la central de trabajadores. De esa confrontación son rehenes los ciudadanos, acreedores de servicios que muchas veces no se prestan.

2) Uno de esos servicios a mejorar es la irregular recolección de residuos domiciliarios, junto al escaso y esporádico barrido de las calles. Muchos contenedores están deteriorados o rebosan de basura, cuadro agravado por la anárquica actividad de los hurgadores, que operan dentro y fuera de ellos como si les pertenecieran.

3) Las señales de tránsito son precarias y no siempre tienen el destaque necesario. La de "pare" (roja y octogonal) resulta visible, pero la de "ceda el paso" (grisácea y triangular) se mimetiza a menudo con el paisaje y es menos destacada, con los riesgos del caso para la circulación. Hay que diseñar mejores placas.

4) La venta callejera (o "ambulantismo") es impresentable, además de incontrolable. Su toldería atesta las avenidas principales de una capital con pretensiones turísticas. La Intendencia ha eludido hasta ahora la necesidad de solucionar esa vergüenza urbana, que causa perjuicios múltiples al comercio formalmente establecido y arruina visualmente las zonas céntricas.

5) El comportamiento de los peatones reclama una política disciplinaria que no existe. Hay que enseñarles a cruzar las calles donde deben y no donde quieren, pero la inspección municipal se limita a multar a los automovilistas, que son más rendidores para la caja respectiva.

6) En un país que lucha desde hace años contra el tabaquismo, no se hace nada ante el venenoso escape de autos y camiones viejos, cuyos motores despiden una pavorosa nube negra bastante más mortífera que el humo de los cigarrillos.

7) La gestión cultural a nivel municipal ha sido una penuria. Entre muchas debilidades y olvidos, se impone una reformulación del tambaleante Salón de Artes Plásticas, sin ir más lejos.

8) Siguen en pie numerosos árboles secos del ornato de las calles, a pesar de la renovación de ejemplares que dice llevar a cabo el servicio dedicado a espacios verdes. Esa labor se nota menos de lo debido.

9) Hay calles de Carrasco -especialmente en torno a la Escuela Naval- que siguen sin pavimentar. Esa demora inexplicable no toma en cuenta las empinadas contribuciones inmobiliarias que pagan los vecinos de la zona. Los propietarios deben entrar a sus casas y salir de ellas a través de la colección de pozos de esos caminos de tierra.

10) Muchas plazas y espacios públicos siguen desatendidos, colaborando en el panorama de abandono y la sensación decadente que ofrecen unos cuantos sitios de la ciudad, con canteros destrozados y monumentos dañados o sucios.

Ante la inminente renovación de autoridades, parece impostergable atender tales situaciones, sin olvidar el compromiso que la Intendencia asume al recaudar los múltiples y abultados tributos que impone a la población. Detrás de esas obligaciones monetarias están los derechos de la gente, a los que este organismo no siempre responde como correspondería.

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