MARTÍN AGUIRRE REGULES
Qué tema la pasta base. Está en todos lados, en el informativo de TV, en el discurso del político, en el grupito que se junta en la esquina. Y con la llegada hoy del Día contra el Abuso de Drogas, la invasión será aún mayor.
No soy experto, pero creo que el problema por el que la sociedad uruguaya no le encuentra la vuelta al tema es que parte de un enfoque errado. Desde el discurso del político, hasta el reclamo de las "madres", pasando por las "oenegés", todos tienden a dotar a una mera sustancia de vida propia. "La droga es basura" dice el cartel publicitario, "la maldita pasta base", dice el cronista policial de TV, "el flagelo" dice el familiar del adicto. La culpa siempre es de esa cosa malvada, de ese invento de algún siniestro agente del mal. "Atribuir a una droga lo debido a un usuario implica dotar de vida propia a lo inanimado, y despojar al elemento animado de su vitalidad", alerta al respecto el filósofo español Antonio Escohotado, gran estudioso del tema.
Pero esa explicación tiene la ventaja de la comodidad. Cuánto más fácil es para el político, para el familiar, para la sociedad, culpar a esa cosa exógena de los problemas, en vez de detenerse a pensar cuales son las responsabilidades propias de que ese familiar, o ese sector social, haya decidido voluntaria y conscientemente encarar un camino de autodestrucción garantizada.
Y ese enfoque errado se magnifica cuando el gobierno está en manos de gente que desconfía del individualismo humano (neoliberalismo le dicen). Así vemos que las políticas oficiales oscilan peligrosamente del enfoque "Romani" en el cual el adicto es una pobre víctima que no puede controlar su vida, a la tesis Mujica, por la cual hay que encerrarlo contra su voluntad a picar leña.
Modestamente creo que la cosa debería ser más sencilla. Un ciudadano adulto y capaz es dueño exclusivo de su cuerpo, y en su hogar debería tener derecho a hacer con el mismo lo que quiera. Incluso destruirlo. Eso no le compete al Estado, ni a Jorge Vázquez ni a la Suprema Corte de Justicia.
Ahora bien, desde el momento en que ese ciudadano comete un delito, tiene un accidente, o afecta a cualquier semejante como consecuencia del consumo de una droga, la ley debería ser implacable. No verlo como un atenuante, como pasaba hasta no hace mucho con el alcohol, sino como un agravante serio de la pena. Ni pobrecito ni nada.
Y en ese caso, la justicia podrá darle al individuo que alegue el consumo de drogas como justificación de su conducta, la alternativa de internarse voluntariamente (para lo que se precisan centros adecuados) hasta que se recupere del vicio. La otra cara de la moneda de la libertad, debe ser siempre la responsabilidad.
Porque lo único que como sociedad se puede hacer para enfrentar el problema de drogas como ésta es, por un lado encarar las causas que llevan a alguien a querer arruinarse así, y por otro las consecuencias que tiene para todos ese proceso. La experiencia mundial es contundente en enseñar que mientras haya una sola persona que quiera usarla, por más estado policial que se invente, y por más lindo que salgan en los diarios las requisas y los allanamientos, la droga va a estar siempre a disposición del que quiera usarla.