RIcardo Reilly Salaverri
Días atrás me llamó por teléfono un amigo argentino. Hace años, le había informado sobre la tradición de reserva que ha existido en nuestro país, respetando el secreto profesional, el secreto bancario y la conformación de las sociedades anónimas, entre otras cosas. Todo lo cual ha sido un valor llave del país y ha permitido monumentales inversiones especialmente de capitales argentinos, particularmente en zonas turísticas.
Son miles de millones de dólares llegados a nuestra tierra, que generan trabajo y servicios de la más diversa índole y en última instancia, tratan de capitales, normalmente bien habidos que buscan refugio ante presiones tributarias exhorbitantes como las que afectan a los estados más importantes de la Unión Europea, cuyo jubileo de seguros de paro, servicios sanitarios ilimitados a cargo del Estado, jubilaciones privilegiadas y una batería de beneficios asistenciales más, todos anuncian, ante la crisis en curso, que ha llegado a su fin. En el caso de Argentina la falta de confianza secular de sus políticas económicas y tributarias, es responsable de una fuga al infinito de capitales, una pequeña parte de los cuales recalan en nuestra república. Como depósitos e inversiones.
Mi amigo argentino me llamaba indignado. Tenía una cuenta bancaria en nuestro país, alguna inversión inmobiliaria y una tarjeta de crédito y, de golpe y porrazo se enteró que cualquiera, incluyendo las autoridades fiscales argentinas, averiguando o conociendo su cédula de identidad uruguaya provisoria, podía acceder a su cuenta, saber qué gastos ha hecho y -además- saber cuál es el monto de crédito máximo que tiene autorizado. Y ello, porque las autoridades del Banco Central uruguayo, recurriendo a una ley sancionada entre gallos y media noche por el anterior gobierno frentista, sin decir agua va, dieron curso a este disparate.
¡Chau habeas data!
En las oficinas públicas -a su vez- quienes tienen acceso a las tarjetas de los funcionarios se divierten investigando qué deudas tienen. Y lo que es peor, de la forma en que se ha hecho, se pone en riesgo la integridad de las personas que pueden ser forzadas por delincuentes a un uso forzado de su tarjeta de crédito.
Para peor, la cuestión se ha manejado frívolamente junto a anuncios de eliminación del secreto bancario en beneficio del Fisco y otras medidas que tienen la bondad de espantar a gente del exterior, respecto de nuestro país, quienes contra lo que muchos sabios anuncian, sabrá encontrar refugios de capitales menos inclinados a servir los intereses de las grandes potencias de la OCDE que los funcionarios de casa. La mayoría de las grandes potencias tienen paraísos fiscales y protectorados propios.
El primer resultado ya está a la vista: se desaceleró fuertemente en mayo, tras los anuncios mencionados, el crecimiento de los depósitos privados en bancos uruguayos.
No conocemos a una sola persona vinculada a los negocios y a los sectores y servicios, a los que las medidas afecten, que crea serán de algún beneficio nacional. Más bien todo lo contrario. Y entre los que hacen cosas y los burócratas, con perdón, les creemos a los primeros.