Ultimos días de 1962. Íbamos a pasar Navidad en Londres, y no nos resignábamos a dejar la capital inglesa sin ver a Margot Fonteyn. Brillaba en "La bella durmiente del bosque", y no podíamos perdernos ese impacto de fascinación que provocaban sus deslizamientos por el escenario del Covent Garden.
El portero del hotel -típico ejemplar de la familia de las propináceas- se comunicó telefónicamente con un amigote, y nos consiguió milagrosamente para la víspera de nuestra partida, tres entradas por las que nos cobró una suma parecida a la que costaría el Big-Ben de ponerse en venta.
Fue una noche inolvidable, tanto como el frío que nos heló a la salida. Competíamos en volúmenes elogiosos: "Es una gacela"... "No pertenece a este mundo"... "Un homenaje al alma"... Y entonábamos un "mea culpa": "No debimos retirarnos sin su autógrafo, con el tiempo, el programa se tornaría histórico". Cambiaban las palabras, pero permanecía intacto el éxtasis que expresaban.
¿Qué dosis de magia contenía aquella deslumbrante presencia de infinita gracia, para apresar a los espectadores con el imán de sus pies? ¿Qué caudal espiritual la impulsaría en sus danzas... y qué sensibilidad fabulosa recorrería su arte?... ¡Cómo suponer que alguna vez, Margot Fonteyn -que por entonces ya tenía 46 años- pudiera haber levantado suavmente su voz, que era poco más que un susurro!
Se había casado en 1955 con Roberto Arias -hijo del ex presidente panameño Harnoldo Arias- conocido como periodista del jet-set y play boy. Sólo el amor puede explicar determinados desarreglos. Margot abandonó los entornos del ballet en 1970, a los 54 años, y falleció en Panamá a los 75.
¡Quién iba a decirnos tras aquella velada, que llegaría un día en que la prensa mundial publicaría las revelaciones de los Archivos Nacionales de Kew (oeste de Londres) que presentan a Margot y el esposo, en 1959, implicados con Fidel Castro en un complot para derrocar al presidente panameño Ernesto de la Guardia. La pareja simuló salir a pescar con su yate "Nola", cuando el motivo real de la travesía era otro: reunir hombres y armas -gentil ofrecimiento de Fidel- para llevar a cabo el operativo, que finalmente se frustró. En abril de aquel año, la famosa bailarina fue arrestada junto a su marido e interrogada en una prisión panameña. Ahí sí tuvo que bailar, como nunca lo había hecho... Al conocer el episodio, reaccioné a lo Discépolo: ¡Qué desencanto más hondo!... ¡Qué desconsuelo brutal!