Los documentos de un hito en la historia del tango oriental

Ayuí. Acaba de editar el CD "El tango del Club de la Guardia Nueva 1"

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ALEXANDER LALUZ

Mediados de los años cincuenta, principios de los sesenta. Época de discusiones, reflexiones y búsquedas apasionadas en el tango, dentro y fuera de la región; un campo fértil para gestar proyectos que todavía hoy son pioneros.

Aquí, en la orilla montevideana, Jorge Seijo, Rodolfo Rodríguez Lourido, Horacio Ferrer, fueron, hacia 1954, las cabezas más visibles de una camada de inquietos tangueros que en materia de proyectos originales llegaron a marcar un hito en la vertiente oriental del género: el Club de la Guardia Nueva.

Itinerante y creativo, este espacio ofició de articulador y difusor de propuestas musicales tan diversas como las de Troilo, Pugliese, Stamponi, o los nuestros César Zagnoli, Lágrima Ríos, Alberto Mastra, Aníbal Oberlín, Luis Pasquet. También, y al mismo nivel de importancia, de caja de resonancia para las ideas estéticas, innovaciones en el lenguaje musical ya ramificado a escala global, que encendían los discursos en ámbitos artísticos o en los medios de comunicación.

De los numerosos conciertos organizados por el Club quedaron atesorados y hasta ahora inéditos varias grabaciones, realizadas entonces con tecnología analógica. Con ese acervo como cantera creativa, Boris Puga realizó, casi medio siglo después, una atinada selección, apoyado por el equipo técnico del sello Ayuí, que semanas atrás fue editado en el primer volumen de El tango del Club de la Guardia Nueva. Valioso documento sonoro que deviene referente para las nuevas generaciones tangueras, y, al mismo tiempo, una pintura de época, estilos y formas de registro de actuaciones en vivo que nada tienen que envidiarle, en el equilibrio de planos, la claridad de las mezclas, a las realizadas con recursos de la tecnología digital.

Esta primera selección incluye los registros realizados por Darwin Banda y Enrique Haba, en conciertos en el teatro El Galpón, tanto en su sala 18 de Julio como en la sala Mercedes, en 1964 y 1971 (cuando el Club cumplió su decimoquinto aniversario).

Y la lista de interpretaciones abre con un clásico: el pianista duraznense César Zagnoli y su trío, completado por Raúl Jaurena en bandoneón y Eduardo Trinchitella en contrabajo. Cinco piezas que van desde Crónica de tango -una suite surtida de recorridos intertextuales, energía rítmica, que el propio Zagnoli compuso a partir de la música para la obra La novia de Gardel, de Juan Carlos Patrón- hasta Verano porteño (Piazzolla) u Orlando Goñi (Alfredo Gobbi), en las que el trío pone en escena un ensamble de amplias y virtuosas texturas, donde cada instrumento juega como pieza clave en el diálogo con los restantes y a la vez se luce con líneas de porte solista.

Con Manolo Guardia a la cabeza, las siguientes seis pistas están dedicadas al Quinteto de la Guardia Nueva. Otros aires, otra concepción arreglística, con los que Guardia saca un muy buen partido del entorno instrumental camerístico. Y Los últimos dos segmentos del disco están dedicados a Luis Pasquet, con una formación en quinteto, y a Toto D`Amario con su cuarteto. Otras dos concepciones diferentes del hacer y decir tanguero. En la primera, con muy evidentes signos de las técnicas de escritura y orquestación "cultas", del jazz. Y en el caso de D´Amario, la "pulenta" rítmica, el swing que baila sobra la marcación intensa del pulso regular.

La suma de estos cuatro estilos tangueros, aquí apenas esbozados, hacen de este rescate documental el testigo fundamental para asumir que, sea en el tango o en cualquier otro género, sin memoria no hay renovación posible.

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