¡Fuerza la celeste!

Quién te ha visto y quién te ve Juan Ramón Carrasco! Quien lo vio jugar, lo trató personalmente y lo ve ahora podría pensar en una contradicción entre el Carrasco jugador y el técnico, afortunadamente en beneficio de la selección celeste. Por ejemplo las exclusiones por "indisciplina táctica" de algunos jugadores como Lembo o como Leites, dispuestas nada menos que por él, mueven a risa. Era el rey de la indisciplina justamente en lo táctico. Se devoraba la pelota, amedrentaba a sus compañeros para que se la dieran y lo cegaba la ofuscación cuando lo contradecían. Fue un virtuoso, le pegaba de media distancia con una potencia y una dirección formidables. Pero no pasó de un individualista nato porque lo demás, si se trataba de bajar a buscarla, de organizar el equipo, y sobre todo de marcar, nunca fue su problema. Hoy, en otra función, demuestra su disposición de darle a los equipos que dirige lo que no le dio a los equipos en que jugó. Su mensaje a sus dirigidos es "haz lo que yo digo pero no lo que hice". Buena cosa.

Maduró, sí, pero su personalidad no cambió. Era y es un egocéntrico, lo cual no es malo si no se exagera. Estaba convencido que era un ídolo de la hinchada de Nacional sin darse cuenta que fue siempre un jugador con hinchada propia, que no era lo mismo. Jugando ganó muy poco, por lo menos aquí. Si se hubiera aplicado a sí mismo las recetas que hoy da a sus jugadores debió terminar su carrera como tal en enero de 1987 cuando jugando la final clásica de aquel raro Campeonato Uruguayo de 1986, en el mismísimo minuto noventa de un partido que estaba cero a cero lo dejaron solo de solemnidad ante Eduardo Pereyra en el arco de la Amsterdam, se entreveró y le dejó mansamente la pelota en las manos al arquero. Pero así como recuerdo una cosa digo la otra, porque en contra de lo que piensan muchos de mis correligionarios deportivos si algo hizo bien fue el famoso gol a Defensor el año en que Peñarol ganó el quinquenio. Era su deber convertir, por honestidad, y porque a jugadores de su renombre no se les pueden pedir pavadas. Además ese gol generó revancha, un nuevo clásico que Nacional ganaba dos a cero faltando veinte minutos y lo perdió. Si lo hubiera ganado, como debió hacerlo, eliminaba al rival. Carrasco no tuvo la culpa de aquella derrota.

Sigue siendo pagado de sí mismo. Cuando dice que "la estrella es el equipo" hay que traducir que la estrella es él. Cuando rota el capitanato demuestra que no quiere líderes porque el único líder debe ser él, y así quedó Lembo en Andalucía mientras Aguiar y Sorondo en Asunción ponían altura a los centros de los paraguayos que los sobrepasaron siempre y nos trajimos cuatro, llegando siempre por el lado del pobre Regueiro, a quien defenestró por haber osado decir que su puesto no es el de marcador.

Pero lo cierto es que Carrasco ha cambiado la manera de jugar al fútbol en el país y bienvenido su trabajo en la selección. Prometió fútbol de ataque, fútbol divertido, fútbol espectáculo, y está cumpliendo más allá de las descompensaciones y desequilibrios funcionales y más allá también de sus caprichos que quien como uno que estuvo alguna vez en el ambiente, se enoja pero los comprende, porque en el fútbol no existe el técnico que no sea "rosquero". De cualquier manera sería bueno que evitara algunos excesos que llevan a confundir rasgos de una personalidad fuerte —que la tiene— con veleidades napoleónicas, lo que a veces es cuestión de matiz.

Se le debe ayudar comprendiendo que como ser humano se puede equivocar y recordándoselo de tanto en tanto.

No debería tomarlo a mal.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar