MATÍAS CASTRO
Agradecido por que una persona se había acercado a devolverle su mascota, dos días después de considerarla perdida, Luis Ventura dijo al portal Primicias Ya: "Es un gran mensaje, que lo voy a poner en Twitter; con gente así la vida vale la pena y no todo está perdido". Se refería a que quien le llevó su perro nuevamente no quiso aceptar una recompensa por su gesto. El comentario, que parece de lo más trivial del mundo si es dicho a través de los medios, tiene que ver con un lado distinto de las figuras famosas: su relación con sus mascotas.
En el caso de Ventura el animal saltó a la fama porque se perdió. De inmediato se activó una cadena de mensajes mediáticos en Argentina que publicaron fotos del perro en cuestión, con lo que el inconveniente familiar terminó por convertirse en un asunto público. Y la mascota también pasó al conocimiento público. Es algo parecido a lo que le ocurrió a Sandra Bullock y su ex esposo, Jesse James, hace algunos meses, cuando perdieron a su perro.
Pero estos son casos excepcionales, porque la regla es que las mascotas que son casi tan conocidas como sus dueños no se hacen famosas por accidente. Tuvimos el caso de Susana Giménez y su perro Jazmín, un yorkshire que vivió lujos increíbles y que fue tan célebre como su dueña. Cuando el perrito murió, hace cuatro años, la noticia causó sensación casi como si hubiera fallecido un pariente de ella. Quien tenga una buena relación con su perro podrá entender que Giménez se haya sentido casi de duelo por la muerte de Jazmín, pero eso no quita que la divulgación de la noticia suene a banalidad.
La cuestión aquí es dónde se pone el ojo. Se puede mirar a la mascota o se puede mirar al dueño y su reacción con respecto a la mascota. Cuando se habla de los perros de los famosos, en realidad se habla de los famosos. Lo que importa ante el público, lo que en el fondo engancha de estas historias, no es el animal, sino sus propietarios y lo que puedan expresar con las mascotas.