MartÍn Aguirre Regules
El mismo día que el presidente Mujica acudía a una marcha por los desaparecidos, a miles de kilómetros yo tenía la conversación más conmovedora de mi vida.
Kasaoka Sadae tiene la mirada plácida, de una persona que vio el infierno, y volvió para contarlo. Tenía once años cuando la bomba de Hiroshima arrasó el mundo que conocía, pero dice que lo primero que percibió fue un color muy bonito, como un sol anaranjado. Con la misma pasmosa serenidad cuenta que entendió que algo andaba mal cuando explotó el vidrio que tenía enfrente, y su cabeza empezó a sangrar por los cortes. Se salvó de milagro porque ese día tenía descanso en sus trabajos forzados derribando escombros, pero sus padres no habían tenido tanta suerte.
De su madre nunca encontró ni un resto. A su padre lo reconoció en ese cuerpo chamuscado que un vecino trajo en una carretilla, cuando empezó a gritar pidiendo agua. Cuenta cómo quiso llevarlo al único hospital que quedó en pie, pero no lo aceptaron porque sólo atendían a soldados. Como pasó días y días intentando curar su piel abrasada con tomates que juntaba en el campo, y como debía hacer interminables guardias junto al cuerpo para que las moscas no lo llenaran de gusanos, como pasó con tantos conocidos. Pero todo fue en vano, murió al poco tiempo. Igual que su esposo, otro sobreviviente de la bomba atómica, sólo que a él la muerte lo alcanzó muchos años después en forma de un cáncer de médula causado por la radiación.
La historia, una de las miles que tiene Japón tras la guerra del Pacífico, te deja quebrado. Le pregunté cómo había hecho para superar el rencor hacia el país que había causado eso. Me dijo que durante años había odiado a Estados Unidos, pero que con el tiempo se había dado cuenta que lo que odiaba era la guerra. Que su misión era hablar en contra de eso y que no tenía más espacio para el odio en su corazón.
Sadae no está sola en su sentimiento. Es increíble como los japoneses han superado ese rencor, y han resurgido, incluso tomando lo mejor de sus antiguos ocupantes. Sus universidades, sus empresas, hasta sus ciudades, tienen marcado el sistema estadounidense, sin que por ello dejen un segundo de venerar sus raíces y su historia. Y estamos hablando de un país que tenía una cultura sofisticada siglos antes de que los puritanos soñaran subirse al Mayflower.
No puedo menos que asombrarme con la diferencia. Unos días antes de viajar, volví a ver a Eduardo Galeano, en un "documental" sobre el bicentenario, repitiendo complacido su visión cuadrapléjica de la historia. De cómo nuestros países habían nacido condenados, y de que la culpa de todo nuestro atraso, de nuestra pobreza, estaba en la Casa Blanca o en algún club de caballeros de la city londinense.
¿Qué sería de Japón si sólo se dedicara a lamerse las heridas por los cañonazos del almirante Perry, o las bombas nucleares? Hoy son la segunda potencia del mundo, y hasta gozan de la pequeña victoria moral de que Toyota venda más autos en EE.UU. que General Motors.
Cuando dejaba el salón donde había tenido el encuentro con Sadae, pensé que lo normal hubiera sido sentir pena por ella. Curiosamente, yo sentía algo de envidia.