JORGE ABBONDANZA
El buen humor es uno de los mejores aliados para que se afiance la relación entre una obra y el observador. La exposición de pintura de Ignacio Figares, que sigue hasta fin de mes en la Sala Carlos F. Sáez del MTOP (Rincón 575) confirma ese saludable vínculo.
En sus trabajos, Figares recurre a puntos de referencia tan risueños como su modalidad expresiva, entre los cuales figuran las siluetas del carnaval y las estampas de los naipes. Resuelve esas propuestas apoyándose en la línea, que circula por las superficies, ondula a través de ellas, compone las formas y a veces las divide, como si esas presencias humanas se desdoblaran o plegaran en torno a los trazos lineales. En ello delata levemente su otro oficio, porque Figares es arquitecto además de pintor, pero lo interesante es que el recurso está empleado con el mismo espíritu lúdico que envuelve al resto de la composición, por lo cual el humor también guía la red de líneas que funciona como un tenue esqueleto de todas las piezas exhibidas.
A veces el artista se complace demasiado en lo meramente ornamental, deteniéndose en volutas y rulos que llenan espacios sin dotarlos de agilidad ni de sustancia, aunque esa declinación no afecta seriamente el resultado, cuyo encanto se apoya en la ligereza un poco aérea de los diseños y asimismo en el empleo del color, donde la témpera o el acrílico de las obras de mayor formato iluminan el tema con una paleta de subido cromatismo. Visiblemente placentero, el proceso de realización se entrega al minucioso dibujo en negro sobre formas y huecos, donde las líneas pueden demorarse en menudos signos que enriquecen algunas superficies y bromean con otras.
Las obras más atrayentes son las de menor tamaño, donde el delicado rastro del plumín y del lápiz o la transparencia de la acuarela, alcanzan verdadera seducción. Eso no ocurre sólo con las figuras centrales de cada tema, sino igualmente en la resolución de los fondos, laboriosamente trabajados como un mar de escamas, hojas o diagramas cuadriculados, que componen una fina trama de valor independiente. Ello permite sugerir al autor que insista con esa escala, donde frecuenta el terreno más interesante de su producción, en el cual se aproxima a la calidad de las cubiertas esmaltadas. Allí el cromatismo también se apacigua, pero lo hace como si obedeciera a la norma de lenguaje más sutil que preside ese formato reducido, donde Figares encuentra su verdadera medida de lenguaje.
Nacido en 1959, el artista creció en Fray Bentos pero reside en Montevideo desde 1977. Estudió pintura con Clever Lara y Gustavo Alamón y se recibió de arquitecto. Viajó por Europa, Asia, África y Estados Unidos. Ha expuesto su obra en el Museo Solari de Río Negro, en la Galería Municipal de Potsdam (Alemania) y en salas montevideanas: Galería Calle Entera y Puerta de San Juan. Obtuvo en 2003 un primer premio de la Fundación Batuz, con beca para estar dos meses en la ciudad de Dresde. Ese intercambio con el exterior siempre es útil para un plástico.