MATÍAS CASTRO
En varias oportunidades amigos o conocidos más grandes que se han mostrado como interesados seguidores de las alternativas de la farándula. Los granitos de tal o cual integrante de la realeza o los hijos multirraciales adoptivos de Madonna son algunos de los temas recurrentes en sus comentarios. También hay quienes me han dicho que no les deja de llamar la atención cómo se puede decir algo sobre la nada. La filosofía ha tratado el tema, pero no es el caso, dado que este espacio ni siquiera aspira a tener la F de Filosofía.
Lo cierto es que no hay otra forma de definir los granitos de un príncipe, las pretensiones de cantante de un millonario operado, o las discusiones sobre los hijos adoptivos de una diva de la música con una sola palabra: vacío. Y en el vacío está, precisamente, su poder de seducción ante cualquier persona. Habrá quien se tome estos temas más en serio o más en broma, pero lo que suele pasar es que no dejan de asombrar. Sin ir más lejos, en varias columnas he hablado sobre Ricardo Fort y el hecho que, a pesar de que se puede entender el motivo por el que continúa en los medios, sigue pareciendo increíble verlo a diario en la televisión.
El periodista argentino Diego Rojas había escrito en el semanario Veintitrés una reflexión sobre estos temas, y en particular sobre el caso emblemático del Río de la Plata: Marcelo Tinelli. "El debut del ciclo alcanzó picos de 35 puntos de rating, medido en Capital Federal y el Gran Buenos Aires. Esa cifra implica que el público del show atravesó a todas las franjas sociales y culturales inevitablemente. Entonces, cuando se odia a Tinelli, ¿se lo odia de verdad?"
La conclusión a la que lleva ese comentario del periodista argentino es bastante discutible. Es cierto que es un párrafo de una nota más extensa, pero es posible afirmar que el hecho de que el éxito de algo indica diversidad de audiencias no implica que todos debamos dejar de criticar o cuestionar, ni mucho menos nos obliga a adherirnos a la masa. Se puede odiar al mundo de la farándula sin dejar de hablar de ella con fascinación.