Luciano Álvarez
La crisis griega, noticia insoslayable por estos días, me llevó a la pregunta: ¿Qué sé de ese país, más allá de los folletos y experiencias turísticas? ¿Qué pasó con los griegos desde aquel tiempo en el que, junto a judíos y romanos, pusieron los cimientos de la cultura en la que vivimos? Ignoro como se enseña hoy la Historia, pero en mi época, los griegos hacían mutis por el foro, junto con el cadáver de Alejandro Magno (323 a. C.), para dejar paso a los romanos.
En el último número de "Herodote", una revista electrónica de Historia, Yves Chenal, escribió un artículo en el que sostiene que, a las causas generales de la actual situación griega -crisis de las finanzas públicas, corrupción, baja productividad y evasión- debe agregarse un factor: "el peso de la Historia".
Decidí que era hora de estudiar un poco. La primera cuestión que salta a la vista es que, en realidad, a lo largo de los últimos 2.500 años el verdadero objeto de estudio son los griegos y no el impreciso y cambiante territorio que la geografía política ha llamado Grecia. Esta distinción es fundamental.
El "Imperio romano de Oriente" o "bizantino", era culturalmente griego. Durante más de mil años el mundo mediterráneo giró en torno a su poderoso comercio, a su fuerza militar ante el Islam, creó leyes y mantuvo la lengua y el saber de los antiguos.
Luego de la caída de Constantinopla (1453) fueron los sabios griegos quienes llevaron sus impresionantes bibliotecas y su conocimiento al occidente que alumbraría el Renacimiento.
De todos modos quienes quedaron bajo el poder islámico procuraron conservar sus tradiciones y modos de vida, colonizando montañas e islas, y retomando poco a poco su actividad económica y política, al punto tal que, desde el siglo XVII, los griegos manejarán buena parte del comercio.
Los "Fanariotas", griegos que vivían en el exclusivo barrio Fanar de Constantinopla tuvieron una considerable influencia en el gobierno otomano y controlaban buena parte de la actividad económica.
A fines del siglo XVIII, la era de las revoluciones y los nacionalismos, interpeló a los griegos, que iniciaron intrincados y conflictivos intentos independentistas. Su causa se convirtió en bandera del occidente.
El poeta romántico Lord Byron, como tantos otros idealistas, fue a pelear por la causa griega y murió el 19 de abril de 1824, luego de un ataque de epilepsia, descorazonado por las rencillas internas entre los propios griegos, que iban de derrota en derrota.
Pero el idealismo y la deuda hacia los padres de la civilización, era una buena fachada para que Inglaterra, Francia y Rusia, movieran sus piezas, para hacerse del decadente imperio otomano. Francia e Inglaterra derrotaron a los turcos y en 1830 crearon un estado, bajo su protección, con unas fronteras que estaban lejos de las expectativas de los griegos.
Como la Historia no cesa de enseñarnos, la traducción de una nación en forma de estado, de fronteras físicas y orgánicas, suele ser fuente de tragedias interminables e insensatas que incluyen las guerras fronterizas y civiles, el terrorismo, las limpiezas étnicas, el nacionalismo excluyente, la xenofobia y el racismo.
Por otro lado, también conviene recordar que el patriotismo, ese amor por la tierra natal o aún adoptiva, a la que nos sentimos ligados por valores, cultura, historia y afectos, puede ser tanto un sentimiento de profundo valor altruista, como -al decir de Samuel Johnson-"el último refugio de los canallas. Todo esto ha formado parte de la historia griega en los dos últimos siglos.
En el año 1830, apenas unos 700.000 griegos se encontraban dentro de las fronteras del nuevo Reino; eran los "autóctonos". El resto, más de dos millones, los "heteróctonos", habían quedado fuera.
Por otro lado, ninguno de los grandes centros culturales, religiosos y económicos, fueron incluidos en la nueva Grecia. La vieja Atenas, no contaba entonces con más de 5.000 habitantes.
Poco a poco se fue abriendo camino lo que se conoce como "Megáli Idea", la "Gran Idea", término acuñado por Ioannis Kolettis, uno de los héroes de la Guerra de independencia.
En 1844 dijo: "El reino griego no es la integridad de Grecia, sino solamente una parte, una parte más pequeña y más pobre. Un griego no es solamente alguien que viva en los límites del reino, sino también alguien que viva (…) en cualquier lugar asociado a la historia o a raza griega."
Desde entonces, la vida griega giró en torno a "la Gran Idea" y se ingresó en el camino de lo que, años más tarde, los italianos llamarían "Irredentismo" (del italiano irredento, no liberado) la reivindicación de las tierras "no rescatadas", la anexión de aquellos territorios que por motivos históricos, culturales, lingüísticos o raciales, "debían" ser "Grecia".
La lista de guerras y conflictos es interminable: intervención en la guerra de Crimea (1853-1856), sucesivos intentos de realizar la unión (enosis) de Creta, que se concretaría luego de las dos guerras balcánicas de 1912-1913, el gran cisma interior, durante la Primera guerra mundial, la guerra con los turcos (1921-1922), que terminó con una pérdida de territorios y una limpieza étnica mutua.
En efecto, el Tratado de Lausana de 1923 expulsó a 1.104.216 griegos de Turquía, 40.027 griegos de Bulgaria, 58.522 de Rusia y 10.080 de otras procedencias, que se sumaron a los 151.892 griegos que habían huido de Asia Menor durante el conflicto.
A cambio, 380.000 turcos debieron salir de Grecia y 60.000 búlgaros de Tracia y de Macedonia pasaron a Bulgaria. El último (¿?) episodio de La Gran idea tuvo lugar en julio de 1974, cuando la dictadura de los coroneles, intentó proceder a la "gnosis" de Chipre. La dictadura griega -como sucedería con los generales argentinos en la guerra de las Malvinas- no sobrevivió a este fracaso.
Podría suponerse que en una Europa estabilizada, la Gran Idea sería una idea domesticada. Sin embargo, el presupuesto militar griego es aún el más importante de Europa, respecto al PBI, y forma parte de la crisis actual. Si, es verdad, "el peso de la Historia", nunca debe ser menospreciado.