El perfil sombrío de la riqueza

JORGE ABBONDANZA

Hasta fines de 2008, España fue el paraíso laboral para las almas del purgatorio latinoamericano. Muchos uruguayos -pero también argentinos, ecuatorianos, dominicanos- levantaron vuelo en busca de un buen empleo, encandilados por aquel mercado europeo que no dejaba de crecer. Valía la pena correr los riesgos de una eventual detención en el aeropuerto de Barajas y las posibles humillaciones de una inmediata repatriación. Porque a esa altura, España se convertía en la décima economía del planeta, demostrando que el Viejo Mundo era preferible al Nuevo y que Alemania y Francia podían ser la mejor locomotora para remolcar el tren cargado de todas esas opulencias. Pero entonces la burbuja estalló, pinchada por una crisis financiera que se extendió rápidamente bajo las ráfagas provenientes del huracán de Wall Street, un feo pronóstico del tiempo que entre otras cosas hizo trepar hasta el 10% la desocupación en Estados Unidos.

Ese viento del Oeste atravesó ferozmente el Atlántico y produjo consecuencias devastadoras. Actualmente en España hay 4.612.000 desempleados, que es la cifra más alta de su historia. Eso significa el 20% de la población activa, lo cual es el doble del promedio de desocupación que afecta a los 17 países de la Eurozona, es decir la porción de la UE donde rige la moneda comunitaria. Según datos proporcionados por una encuesta reciente, 1.200.000 familias españolas tienen a todos sus integrantes sin empleo, aunque hace un año eran sólo 800.000. De acuerdo con estimaciones del Banco de España, se calcula que la economía se reducirá en un 0,4% a lo largo de 2010 y recién será capaz de volver a crear fuentes de trabajo en los últimos meses de 2011.

De acuerdo con un informe de Eurostat -el centro de estadísticas de la Unión Europea- la desocupación actual alcanza al 40,7% de los españoles menores de 25 años, lo cual también duplica el promedio europeo sobre trabajadores jóvenes en paro, que es del 20,6%. En todo caso, se trata de números que habrían resultado impensables hace dos años y que sin embargo se han vuelto reales, delatando la fragilidad de un sistema que parecía tan firme, cacheteado por la ruda mano del verdugo bursátil y bancario.

Pero los crujidos del edificio de la UE no se escuchan solamente en España. Otros más graves resuenan por el momento en la quebrada Irlanda, en Letonia, la cercana Islandia y hasta en Portugal, sin olvidar el cataclismo de Grecia, cuya deuda pública ha llegado a niveles alucinantes y puede arrastrar a otros vecinos de la región. En Atenas, los estados depresivos de la gente se agudizan, quizá pensando que 2.500 años después de Pericles hay que pedir auxilio a los bárbaros del Norte. Así gira la rueda de la Historia.

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