Último adiós para un extraordinario tapicista

Jorge Sosa. Sufrió un infarto a los 53 años

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JORGE ABBONDANZA

El viernes pasado falleció en Montevideo el tapicista Jorge Sosa. Se trataba de uno de los mayores creadores en materia textil, perteneciente a la oleada que surgió después de la generación de los pioneros.

Su muerte fue repentina, además de prematura (tenía 53 años) y por eso desde un punto de vista emocional parece doler doblemente. En el plano artístico, en cambio, Sosa seguirá perdurando -y estará vivo- a través de su obra, que constituye uno de los aportes de máximo interés entre los tejedores contemporáneos de este país. Había nacido en febrero de 1957 y estudió gobelino con Ernesto Aroztegui, formándose luego con Nelbia Romero, María Luisa Rampini y Nelson Di Maggio en las áreas de historia del arte y tendencias actuales de la plástica.

Expuso en grandes muestras colectivas desde 1977, en el Uruguay y en el exterior (Brasil, Estados Unidos, Bolivia), pero realizó asimismo exhibiciones individuales en la Galería Latina de Montevideo, así como en Durazno, Trinidad y Rocha. En 2004 recibió (junto con Magalí Sánchez, su estupenda colega) el Premio Figari del Banco Central como reconocimiento por su trayectoria, lo cual fue un sello consagratorio logrado a los 47 años. Pero lo portentoso fue el nivel de virtuosismo que Sosa llegó a desplegar en su obra, porque a partir de los trabajos de una etapa juvenil desarrolló la maestría de un artífice para incursionar -bajo el ejemplo dejado por su maestro Aroztegui- en el retrato. En obras de gran formato (1.80 x 1.50 como promedio) tejió la estampa de Espínola Gómez, Juan Manuel Blanes (con Carlota), René Magritte y el propio Aroztegui desdoblado en cuatro imágenes.

Debe ser única en el panorama mundial del tapiz contemporáneo, la obstinación de algunos uruguayos al trasladar los valores, las dificultades y la hondura del retrato pictórico a una superficie tejida, como si la aguja y la lana pudieran responder con idéntica fidelidad que la pincelada o la línea. Y lo notable es que Sosa consiguió que ese camino tan insólito respondiera como pretendía y lograra convertir el tejido en un instrumento de fantástica docilidad, para trasplantar uno de los géneros más comprometedores, ampliando incluso esa destreza para ejercitarse en el paisaje. Como suele ocurrir con los tapicistas nacionales, Sosa hizo todo con sus propias manos, desde el diseño inicial en el cartón hasta el resultado final, a través del laborioso y prolongado proceso que supone el tejido, que en el caso de piezas de gran formato exige una tarea de varios meses en jornadas absorbentes frente al telar. Esos desafíos y esa dedicación -con su brillante producto- son lo mejor que ahora queda para custodiar la memoria de un artista que entregó al país la suma de su sensibilidad y su inagotable empeño.

Retratos: Sus miradas hacia grandes artistas originaron obras de un impacto poderoso.

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