Más de una vez el Dr. Julio Sanguinetti dijo que cuando asumió el gobierno en 1985 su gran preocupación era la de la plaza bancaria. Recordaba el colapso del año 1965 cuando la caída del Banco Transatlántico arrastró otros bancos y puso en jaque al propio Banco República, que entonces, a través de su departamento de Emisión cumplía -y cumplía mal- las funciones de contralor que corresponden a un Banco Central. Este finalmente se creó como entidad independiente en la Constitución de 1967. Hace veinticinco años, el diagnóstico de la Conapro auguraba la crisis. A un Banco Pan de Azúcar, entonces propiedad del Banco de Chile, fundido e intervenido se sumaban el Comercial y La Caja Obrera, que por distintas circunstancias estaban descapitalizados, aunque ambos fueron víctimas de una misma realidad que los perjudicó: en 1982, cuando el sistema entero crujía por la ruptura de "la tablita", fueron los únicos que no vendieron cartera al Banco Central, en una operación de triste memoria.
El recuerdo viene al caso cuando algo parecido está pasando en Estados Unidos.
Es notorio que Barack Obama ha perdido buen margen de la popularidad que gozaba cuando asumió la presidencia. Pero en su descargo, se encontró con un país embarcado en guerras de costo multimillonario y sin sentido llevadas adelante por el capricho y la arbitrariedad de su antecesor, y en medio de una crisis económica interna de inmensas proporciones, que afectó, desde la caída de Lehman Brothers a todo el sistema bancario local.
Paul Krugman, Premio Nobel de Economía 2008, se refirió a ese problema vigente aún, en un interesante artículo publicado en The New York Times, que reprodujo nuestro colega argentino "La Nación", el 17 de abril.
Comienza observando que Mitch Mc Conell, líder de la minoría republicana en el Senado, habló de la necesidad de terminar con los "destacamentos de bomberos que institucionalizan los rescates de edificios siniestrados con dineros de los contribuyentes". Sustituyendo los regimientos de bomberos por la reforma financiera que propone Obama, los edificios siniestrados por los bancos, especialmente los grandes bancos, y a los contribuyentes por los ahorristas de los bancos y los contribuyentes de impuestos -tema especialmente sensible para los norteamericanos-, Mc Conell estaba tirando misiles contra el gobierno que procura una legislación que le confiera el poder de controlar y reestructurar las instituciones financieras en bancarrota. Pero hete aquí que Krugman, le reprocha al republicano su falta de sinceridad, acusándolo que en lugar de oponerse al rescate de los bancos, en realidad está abogando a favor de los banqueros. Según el Premio Nobel, no tiene nada de malo la propuesta del gobierno, porque dejar caer los bancos es una mala idea, ya que el daño tiende a extenderse, y recuerda cómo en 1930 mientras los banqueros permanecieron al margen y los bancos quebraban, se desembocó en la Gran Depresión.
Nuestra experiencia quizá desvirtúe la razón de Krugman, pero hay una diferencia, pues mientras la idea del gobierno de Estados Unidos es conferir a un órgano especializado -la Corporación Federal de Seguros de Depósitos (CFSD)- la tarea de tomar el control de un banco al borde de la quiebra, proteger sus depositantes y depurar sus accionistas -procedimiento éste que en el caso del Citigroup, por su complejidad, debió complementarse con otras medidas- aquí se le encargó al Banco República, primero capitalizar y luego gestionar a los bancos en crisis, y el sistema no resultó. Lo que no quiere decir, que básicamente, en situaciones dramáticas como las que se vivieron en aquella época, haya sido un error que el gobierno dispusiera ese sacrificio a los contribuyentes.
Hoy en Estados Unidos, Wall Street no presiona para impedir rescates bancarios sino que al contrario, trata de garantizar su vida para devolver la confianza en ellos, que es la base de su estabilidad.
Cosas del capitalismo, que antes de resignarse a perder, da pelea para evitarlo.