El paisaje acuático

En medio de los problemas que aquejan al hombre de hoy, algunas cifras son menos alarmantes de lo que puede pensarse. El estudio efectuado por la Dirección de Salud Ambiental en un gran asentamiento del barrio de la Unión -donde viven unas mil personas- demostró que el 99% de esa gente tiene acceso al agua potable, cálculo que se descompone de la siguiente manera: el 61% dispone de agua en su vivienda, 33% en el predio que habita y 6% fuera de ese predio, aunque junto con eso debe considerarse que el 95% de las 250 viviendas del lugar carece de instalaciones sanitarias y echa los vertidos a la tierra o en fosas sépticas. Sólo el 5% está conectado a la red de saneamiento.

El problema del agua siempre ronda a la pobreza, como uno de los factores inseparables de la vida marginal, acompañado por las carencias de saneamiento que afectan al sector más desvalido de la sociedad. Las primeras víctimas de esa situación son los niños, un dato que golpea doblemente a caseríos irregulares como el de la Unión, donde un 47% de los pobladores es menor de 17 años. Trasladado a escala mundial, el problema asume una magnitud escalofriante, porque se estima que hoy existen 884 millones de personas sin acceso al agua potable, una condición que origina numerosas enfermedades y que es la causa de un millón y medio de muertes infantiles por año, de acuerdo a un informe de Naciones Unidas.

Para encontrar la fuente de ese desastre, conviene saber -siempre según el informe- que cada día se arrojan en los ríos, arroyos y lagos del mundo dos millones de toneladas de aguas residuales, sin que exista sobre ello el menor control. Eso sigue ocurriendo a pesar de las denuncias sobre la contaminación que se produce en las aguas, porque el hecho no se combate con el debido rigor, aunque la Organización Mundial de la Salud sabe que dicho proceso contamina también a las especies marinas para consumo humano.

Por el momento, la contaminación del agua afecta a los depósitos subterráneos de los cuales depende el aprovisionamiento de vastos sectores de la humanidad. Eso también amenaza a una inmensa reserva de agua potable como el Acuífero Guaraní, que se encuentra debajo de 1.200.000 kilómetros cuadrados pertenecientes a Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay. Ese subsuelo líquido asegura el consumo de los países del Mercosur con una reserva estimada en 45.000 kilómetros cúbicos de agua, mantenidos por el flujo de una recarga que anualmente aporta al acuífero unos 200 kilómetros cúbicos del elemento. El Brasil, que es el que más explota ese depósito natural, ha perforado miles de pozos con los que abastece a quinientas ciudades. En el Uruguay existen 135 pozos, algunos de los cuales sirven como fuentes termales debido a la temperatura promedio de 40º que tienen esos manantiales.

Para mejorar todavía esas privilegiadas fuentes sudamericanas en la materia, en el Norte brasileño acaba de descubrirse otra reserva gigante de agua dulce ubicada debajo de la Amazonia, con una extensión de 437.000 kilómetros cuadrados y un espesor medio de 545 metros (mucho mayor que el del Guaraní). Ese depósito, bautizado Alter do Chao, sería capaz de alimentar a toda la población mundial durante 200 años, según calcula un equipo de expertos que trabajó en la zona durante tres décadas, cuyos estudios han desembocado ahora en el descubrimiento de lo que podría ser "el acuífero más grande del planeta". Esta región no puede quejarse de su provisión de agua potable, frente a un mundo donde ese recurso se está agotando y despierta temores múltiples en Medio Oriente y ciertas partes de Europa, por lo menos. Ubicado sobre la vastedad del Acuífero Guaraní, el Uruguay desconoce felizmente ese problema, pero no puede desentenderse del panorama internacional en la materia, porque se ha dicho reiteradamente que las guerras futuras ya no se librarán en torno al petróleo sino por el agua, de manera que quienes disponen de ese recurso tendrán que ir poniendo -en más de un sentido- las barbas en remojo.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar