MATÍAS CASTRO
Tras diez años de estar al frente de Intrusos en el espectáculo, Jorge Rial ha llegado a un punto de reconocimiento bastante llamativo. Es un lugar que, tal como se comentaba en la columna de ayer, parte aguas entre quienes lo siguen y quienes lo detestan. Tiene 49 años y dos décadas en la televisión, siempre trabajando en el mundo del chimento.
Algunos se acordarán de sus primeros pasos como notero en Indiscreciones, un programa que conducía el pionero de los chismes televisivos, Lucho Avilés. Pero ha corrido mucha agua bajo el puente. Intrusos cumplió diez años, construyendo una infinita crónica diaria de la farándula argentina (con algunos participantes uruguayos). La duración del programa, con su sumatoria de peleas mediáticas, casamientos, divorcios, embarazos, amores, reconciliaciones, confesiones, muertes, accidentes, celos y otros condimentos, ha sido la mayor prueba que tenemos cerca para demostrar aquello de que la vida de las celebridades es una narración interminable.
En las últimas semanas Rial ha aparecido como conductor invitado en el programa de Petinatto, sustituyéndolo, y también al de Nicolás Repetto. Antes había hecho una larga gira con su proyecto teatral, en la que hablaba de chimentos, hacía chistes y mezclaba elementos del teatro de revistas. Ha sido un período intenso en el que su presencia se ha multiplicado por doquier, básicamente porque la respuesta de su público le permite seguir haciendo más cosas. Al mismo tiempo, los ambientes y personas que antes se podían manifestar hostiles hacia él, se cansaron. Los que lo detestan no miran su programa (porque hacerlo es prestarle atención a las peleas de vedettes y ese tipo de asuntos).
Rial y su equipo (ayudados en buena medida por el impacto que tuvo en estos años Bailando por un sueño y sus protagonistas), han logrado establecer al chisme y la vida privada de los famosos como un tema más de conversación en cualquier ambiente. En este panorama nos movemos actualmente.