PEKÍN | AFP
El número de víctimas del sismo que golpeó el miércoles la remota provincia de Qinghai, en la meseta tibetana, en el noroeste de China, se elevó a 1.144, informó ayer la agencia oficial China Nueva. El número de muertos puede aún aumentar, ya que hay centenares de personas desaparecidas.
El primer ministro Wen Jiabao, que llegó la noche del jueves a Jiegu, donde el 85% de los edificios se desplomaron, terminó su visita, mientras continuaba la búsqueda de supervivientes.
"China superará este desastre. Haremos todo lo posible por construir un nuevo Yushu", dijo el jefe del gobierno chino en declaraciones a la televisión desde la prefectura donde se encuentra Jiegu, cerca del epicentro del terremoto.
Dos días después del sismo, la ayuda de urgencia empezaba a llegar ayer a la zona devastada mientras miles de supervivientes despertaron tras una segunda noche a la intemperie, con temperaturas que descienden hasta los cinco grados bajo cero, con hambre y rodeados del olor de cuerpos en descomposición.
"La prioridad es salvar a la gente. No vamos a renunciar en tanto quede un rastro de esperanza", dijo Wen Jiabao.
Los socorristas, que los días anteriores excavaban a mano limpia, ayer estaban equipados con material pesado, que sin embargo parece insuficiente ante la magnitud de la destrucción. Las miles de personas que llegaron a la zona para colaborar con los rescates se enfrentan al oxígeno enrarecido de esta región de las alturas, donde la temperaturas es glacial.
El terremoto, de magnitud 6,9 según el Instituto de Geofísica Estadounidense y que alcanzó una magnitud de 7,1 en la escala de Richter según las autoridades chinas, fue de una intensidad similar al que devastó Haití, el pasado 12 de enero.
El sismo golpeó un área rural de extrema pobreza, poblada en un 90% por la etnia tibetana, destruyó viviendas precarias, y también edificios en material "duro", como escuelas.