Por algo sigue siendo la reina del Plata

DIEGO FISCHER

Quienes recorran estos días las calles de Buenos Aires -y por estas horas son miles los uruguayos que lo han hecho- se encontrarán con una ciudad a la que con premura se la engalana para los fastos del Bicentenario. Las autoridades municipales de la capital argentina, sostienen que en una fiesta se debe ofrecer lo mejor a los invitados, sean estos nacionales o extranjeros y por ello se esmeran en dejar más linda aún a su hermosa ciudad.

En los dos años que lleva al frente de la Municipalidad, Mauricio Macri ha demostrado ser ejecutivo y pragmático. El resultado está a la vista: le ha cambiado para bien el rostro a Buenos Aires. Temas tan elementales como la limpieza y la iluminación han dejado de ser un problema para los contribuyentes.

Buenos Aires se prepara para una fiesta; una gran fiesta y se nota. No sólo en los alrededores del Teatro Colón que finalmente reabrirá sus puertas el 25 de mayo, sino que en muchos otros edificios históricos, plazas y monumentos que han sido o están siendo remozados con el buen gusto que caracteriza a los porteños.

Un paseo ineludible hoy es caminar por la avenida de Mayo desde el edificio de la Municipalidad y su vecina Casa de la Cultura (antigua sede del diario La Prensa con su emblemática estatua de Palas Atenea y su farola en lo más alto de su torre) hasta el Congreso. En el recorrido se encontrará con el mítico café Tortoni , el legendario Teatro Avenida, el muy madrileño Hotel Castelar y el Palacio Barolo, primo hermano -pero bien mantenido- de nuestro Palacio Salvo. Todo allí resplandece y adquiere una magnificencia única de noche; cuando las fachadas de los edificios se iluminan y resaltan no sólo sus valores arquitectónicos sino también el cuidado que se les prodiga. Transitar de noche por avenida de Mayo puede transportar al caminante a Madrid. Recorrer a las mismas horas la calle Libertad entre Arroyo y la avenida Alvear, lo hará sentirse en París. Allí, alrededor de esa pequeña plaza se enfrentan el soberbio y aristocrático edificio del Jockey Club, la Embajada de Brasil y la de Francia. Se trata de tres palacios que fueron diseñados por arquitectos franceses a pedido y a medida de familias de la oligarquía ganadera, allá por 1900. No sé si las familias sobrevivieron a los vaivenes económicos y políticos de la Argentina, pero los edificios sí. Y hoy constituyen puntos de atracción turística por los que diariamente desfilan miles de extranjeros cámara en mano.

Los porteños que siempre tienen o se inventan motivos para estar con la autoestima muy alta, andan estos días más orgullosos que nunca con su ciudad. Y esta vez tienen mucha razón.

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