ALEXANDER LALUZ
"Somos hijos de nuestras canciones". La frase de Drexler cobra un inusitado interés, a la vez que una fuerza simbólica que está más allá del eslogan, luego de escuchar su último lanzamiento, el álbum doble "Amar la trama".
Un disco y un DVD, con el documental La trama circular dirigido por Ariel Hassan, en los que traduce a sonidos y poesías -muy drexlerianas, por cierto- un estado de ánimo optimista, más luminoso, especialmente después de 12 segundos de oscuridad, y cargado de algunos sutiles e inteligentes hallazgos.
Su "don de fluir" sigue intacto. Y demuestra que los cambios -para bien- a nivel afectivo, personal, no siempre juegan en contra de la creatividad, como sí le ocurrió a su veterano padrino español, Joaquín Sabina en Vinagre y rosas.
La grabación de estas 12 canciones es el primer valor para anotar. Fue realizada en un estudio de televisión, con los músicos dispuestos en círculo, y con la presencia de público. Drexler comentó a El País que la idea de incluir al público no perseguía la emulación de las reacciones habituales de un concierto. La gente fue convocada "para que nosotros reaccionáramos al verlos en la grabación. De hecho se les pedía que no aplaudieran hasta que no se hubiera extinguido el sonido. Ahí yo avisaba y podían aplaudir, pero no era ni siquiera un concierto". Con este recurso recuperaba, aunque sin conciencia de ello aquella experiencia de 1987 de Los Que Iban Cantando y su disco Enloquecidamente, registrado con público en el estudio de Sondor.
Esa energía comunicativa se percibe claramente en cada pista, pero por debajo de la materia sonora y esas pinturas de tono cinéfilo, constituyendo casi un gesto expresivo, un juego de intenciones no efectistas.
Las canciones, el segundo aunque no menos importante valor de Amar la trama, muestran a un creador con dominio del oficio, sensible, explotando esa capacidad para fluir entre las versos, estrofas, segmentos instrumentales como en una suerte de continuo, sin encastres forzados de unidades formales. La concepción abierta, transparente y de neto cuño pop, de los arreglos ambienta muy bien ese fluir.
La rumba Las transeúntes, que se goza en el sonido apretado, swingueado, de los rasguidos guitarrísticos, invoca al maestro Kiko Veneno, sin perder el aire casi susurrado, chiquito, del canto característico de Drexler. Ese clima desemboca (hacia el minuto 2) en un juego de detenciones y entradas, donde una banda de vientos crea un clima de marcha callejera, pueblerina, muy efectiva, de sobrio color. Más descontracturado, hasta juguetón (y por momentos muy previsible), es la apertura con Tres mil millones de latidos, que no augura un buen futuro al álbum. Algo que por suerte queda descartado ya en el muy logrado, oscuro e intenso dúo con Leonor Watling, su pareja, en Toque de queda, después en Aquiles, por su talón es Aquiles, o en la agradable (y muy madrileña) Todos a sus puestos.