Mujica fue marcado en su pensamiento y acción política por un discurso y un convencimiento latinoamericanista muy fuerte. Es la integración Uruguay - Paraguay - Bolivia; es la mirada geopolítica al lugar estratégico que ocupa el país como natural salida a la producción del continente; es la voluntad de darle al Mercosur un cariz político que de alguna forma colabore en forjar esa unión latinoamericana más amplia. Detrás de todo esto está la tan mentada "Patria Grande" en la que se inserta el Uruguay de Mujica, y que va más allá de las coincidencias coyunturales de gobiernos de izquierda en el continente.
Esta tradición de pensamiento es muy sugerente para muchos blancos. Intelectuales de la talla del recientemente desaparecido Alberto Methol, por ejemplo, abogaron siempre en este sentido. Hay cierta tradición del siglo XIX que sitúa al viejo Partido Blanco más cerca de la Argentina y del Paraguay que del designio más universalista y europeo del Partido Colorado de la Defensa. Luis Alberto de Herrera por ejemplo, simpatizante de Sandino, intelectual revisionista de nuestra Historia, fue un celoso custodio de la independencia del país en tiempos de guerra mundial; Alfredo Baldomir, del otro lado, bregó por alinearse al campo aliado con urgencia y vigor.
Seduce a muchos entonces, el sentido común de la unidad latinoamericana. ¿Por qué no, si todos hablamos el mismo idioma, si el bicentenario es prácticamente continental, y si el mundo va camino a la reafirmación de grandes bloques como el de la Unión Europea? Al fin y al cabo, más en común tenemos con los argentinos, que los alemanes con los franceses. En esa perspectiva, cierto sentimiento antiimperialista blanco, un poco arielista, también encuentra refugio en la desconfianza presidencial de todo proceso a favor de nuestras relaciones con EE.UU.
Sin embargo, la construcción del Mercosur en pleno gobierno blanco de los noventa fue muy distinta a este sentido latinoamericanista militante. Se trató antes que nada de un proceso económico y comercial, que la perspectiva nacionalista nunca dejó que se vistiera con un ropaje proteccionista y político regional. En estos años en que esto cambió, han sido los blancos, y Luis Lacalle en particular, quienes se han opuesto radicalmente al Parlamento del Mercosur.
Es decir: existe una vigorosa vertiente en la tradición blanca que en nada se identifica con el sentimentalismo de unión latinoamericana. Quiere aprovechar la hermandad latina, pero sin que ello exija traducción alguna en una integración política.
Es que lejos de las ideologías y los supuestos designios históricos, hay una realidad inapelable: las mejores sociedades de las cuales inspirarse no están en Sudamérica. Ni en la libertad individual, ni en el desarrollo social, ni en la calidad democrática, ni en la responsabilidad gubernativa, ni en el vigor cultural. Lo mejor de Occidente, el espejo que siempre inspiró la construcción de nuestro colectivo como país, no reside en la región.
Claro está, Chile y Brasil tienen políticas públicas puntuales excelentes. Pero hay que mirar mejor del lado de Finlandia, para percibir los avances en la política de género; por el lado de Alemania u Holanda, para mejorar las relaciones laborales y las políticas vinculadas al desempleo; del lado de Canadá, para afianzar una política internacional que articule el papel militar y el poder civil; por el horizonte francés, para mejorar nuestras políticas de apoyo estatal a las familias jóvenes. Y así en un sinfín de ejemplos.
El Partido Nacional tiene para rescatar la dimensión universalista y ciudadana de su nacionalismo abierto al mundo. Así, no dejarán de privilegiarse los necesarios vínculos comerciales, energéticos, financieros o culturales con nuestro continente. Pero se tendrá claro que el mejor espejo para mirarnos impone un nacionalismo para la Humanidad que esté lejos de los vaivenes populistas y las tragedias democráticas de la región. Lejos, en definitiva, de cualquier "Patria Grande" quimérica.