Ana María Abel
Lic. Ciencias Familiares
Con un mínimo de observación comprobaremos que la mejor manera de obtener un "nada" por respuesta es preguntar "qué pasó hoy", y el modo más fácil de que nos respondan un desabrido "bien" es preguntar "cómo te fue hoy en el colegio o el trabajo".
Queremos mucho a nuestros hijos pero no siempre sabemos demostrarlo. Frecuentemente actuamos en base al mito de que, en las relaciones humanas, todo debe ser espontáneo y cuando estamos en familia nos salen preguntas rutinarias, un chistecito tonto o conversar con los chicos sólo de las notas.
La comunicación familiar efectiva y empática es más específica: no consiste en lanzar al aire preguntas generales, sino en contar lo propio e interesarse por los demás de tal manera que demuestre deseo real de conocer con detalle: ¿Qué tal estuvo la clase de fútbol? ¿Cómo seguís del resfrío? ¿Qué pasó con la prueba de historia que te tenía preocupada?
En una entrevista a 300 ejecutivos a la pregunta "qué cambiarían en la relación con sus padres" la mayoría respondió que ellos hubieran expresado más sus sentimientos. Un mínimo de planificación agrega variedad a los encuentros familiares, crea pequeñas tradiciones que los hijos esperan con ilusión y son de gran ayuda para mejorar la comunicación. A modo de ejemplo, el hábito de un encuentro personal periódico con tal hijo facilita conocerlo mejor y deja huella. ¿A quién le disgusta salir a comer solo con papá una vez al mes, ir a comprar el pan caliente los sábados por la mañana o salir a trotar de tardecita?
Esas costumbres pueden responder a diferentes objetivos: pasarlo bien juntos, celebrar algo, tener un rato de trato distendido. Pero el objetivo final más importante es siempre enriquecer la relación interpersonal. Muchas veces un padre, cuanto más interesado está en lograr esto, más tironeado se siente por el trabajo. Esta contradicción le agrega una fuente de preocupaciones: ¿en qué les estaré fallando a mis hijos?
Hay investigaciones que demuestran cómo, con esfuerzo, se obtiene al mismo tiempo más satisfacciones en la vida familiar y una carrera laboral más estable y exitosa. Muchas veces fantaseamos con el fin de semana: entonces tendremos tiempo de charlar con los hijos. El fin de semana se interpone con mil trampas que nos impiden encontrar el momento adecuado.
Todo lo que existe tiene un tiempo y un lugar: las relaciones humanas también. Momentos óptimos y lugares a aprovechar son cuando llevamos los chicos al colegio, cuando nos piden permiso para una salida, el instante en que nos muestran las rodillas raspadas. No los dejemos pasar: son ocasiones de oro.
Al decir del refrán árabe, hay cuatro cosas que no vuelven: la palabra pronunciada, la flecha disparada, la experiencia tenida y la oportunidad desperdiciada.
(flia@iuf.edu.uy)
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