Oportunidad dorada

Estamos a pocas horas de un cambio de gobierno que puede marcar historia. Cuando el Dr. Tabaré Vázquez, ante los ojos del mundo entregue la banda presidencial a su sucesor, José Mujica, el Uruguay estará cerrando un ciclo histórico plagado de dificultades, enfrentamientos y dudas. Y ante el país se abre un nuevo período que, en contraste, está marcado por las oportunidades y el optimismo.

Por un lado será el final de un primer gobierno del Frente Amplio el cual, más allá de las diferencias, respetó la Constitución y las reglas de juego democráticas. A ese paso trascendente hay que sumarle que quien recibirá esa banda es otra figura simbólica de lo que han sido los desencuentros que marcaron a fuego al Uruguay los últimos 50 años. Sin caer en las sensibilerías políticamente correctas tan en boga, ni en lugares comunes trillados, que una figura de las características y con el pasado de José Mujica, reciba por los medios legítimos y con el reconocimiento unánime la suma del poder democrático del país, representa un hito que a pocos puede dejar indiferentes.

Los que vienen no serán cinco año fáciles. El nuevo presidente deberá enfrentar una coyuntura local y regional compleja, y una realidad económica y social que exigirá medidas contundentes, si se busca sacar al país de la situación de postración que viene sobrellevando desde hace décadas. El nuevo timonel tiene planteados desafíos impostergables en varias áreas.

En lo económico, lograr que el país consiga insertarse definitivamente entre los países adaptados y que usufructúan los beneficios de esta era de progreso y avance material que viene gozando el mundo occidental y desarrollado. No por una cuestión de mera frivolidad materialista, sino para solucionar dos de las mayores lacras que enfrenta nuestra sociedad: por un lado la miseria degradante cuyas expresiones más infames son los cantegriles y los compatriotas que viven de la basura. Y por otro para que los jóvenes más capacitados encuentren en el país un lugar apropiado para su desarrollo individual, y la emigración forzada no siga separando familias y amistades.

En lo social, conseguir abatir el drama de la inseguridad que está minando los parámetros más positivos de integración que habían marcado a la sociedad uruguaya en su corta historia. Allí se deberán dejar de lado muchos preconceptos y traumas ideológicos que la administración que termina no consiguió procesar, para garantizar a quien se esfuerza el goce pleno de los frutos de su trabajo. De la mano de lo anterior, el tema acuciante de la droga y la desesperanza que genera su caldo de cultivo ineludible. Siempre recordando que una sociedad con miedo, es una sociedad que tiende a buscar las soluciones menos recomendables.

En lo político, poner fin a la polarización que ha marcado al país en estos últimos años. Derribar el mito de las soluciones mágicas, de que hay unos que tienen la fórmula infalible para llevar al país a la felicidad completa, y que los otros sólo son pérfidos manipuladores interesados en el progreso personal. Asimismo terminar de demostrar que quienes en algún momento quisieron buscar atajos inconducentes para imponer sus ideas, han aceptado que el trabajo lento y cotidiano dentro de las reglas democráticas, es el único medio para lograr avances verdaderos y durables para el país.

A nadie escapa que desde aquí no se apoyó la candidatura del nuevo presidente. Motivos había para no creer que fuera la figura más apropiada para el cargo. Pero el pueblo decidió darle la oportunidad, y sus primeros pasos parecen señalar que la ha asumido con la responsabilidad histórica que tal carga amerita.

A partir de mañana será el presidente de todos los uruguayos, y como tal, tendrá nuestro apoyo y lealtad en todo cuanto sea impulsar al país hacia un destino de mayor prosperidad y progreso para sus ciudadanos. Esperando que dentro de cinco años, cuando le toque ser a él quien traspase esa banda presidencial a su sucesor, el Uruguay esté un poco más cerca de ese ideal de felicidad y justicia que todos deseamos para nuestro país.

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