ALFONSO LESSA
Toda asunción presidencial tiene sus peculiaridades y constituye, en un marco democrático, un motivo de festejo. La de mañana no será la excepción y si de peculiaridades se trata, ya se sabe, será un ex guerillero, preso muchos años en condiciones infrahumanas, quien asumirá la Presidencia. Mujica, por lo tanto, dejará de ser simplemente "el Pepe" para transformarse, además, en el presidente de todos los uruguayos.
Este hecho tiene muchas interpretaciones posibles, pero unido a otros que ocurren de manera simultánea, puede considerarse un triunfo de la democracia. El viejo guerrillero, que ya había militado en filas blancas, hace una afirmación de fe democrática acompañado de muchos de sus ex compañeros del MLN, que cuatro décadas atrás rechazaba a los cuatro vientos el sistema democrático. Muchos de ellos pagaron con cárcel y tortura. Sus principales líderes incluso fueron aislados en condiciones de rehenes. Muchos de ellos también se vieron favorecidos luego con la amnistía dictada en 1985, en el gobierno de Sanguinetti.
Al mismo tiempo, quienes abjuraron de la democracia desde otra perspectiva, impulsando el golpe de Estado y la dictadura -como Bordaberry y Gregorio Álvarez- poniendo como pretexto fundamental la derrota de una guerrilla que ya estaba desarticulada, están presos; al igual que algunos de los más representativos militares y policías acusados de violar los derechos humanos.
La imagen, ya comentada por mucha gente, no deja de ser impactante: Mujica presidente y el MLN encabezando la fuerza parlamentaria mayoritaria, mientras Bordaberry, Álvarez y otros oficiales están presos. Algo que seguramente nadie imaginó poco tiempo atrás.
Y como si fuera poco, una dirigente comunista, Ana Olivera, como amplia favorita para ganar la Intendencia de Montevideo.
El país por lo tanto se apresta a dar un nuevo paso en su desarrollo democrático, sostenido desde que finalizó la última dictadura, aunque en un marco diferente y en una sociedad en la que no existen actores relevantes que rechacen la democracia como el mejor instumento conocido para gobernar y dirimir diferencias.
Durante la semana el presidente saliente, Tabaré Vázquez, se despidió de los medios de prensa y de los periodistas, así como de representantes de otros sectores de la sociedad, con los que se reunió. La tónica común de todas sus reuniones y de sus palabras fue de satisfacción. Siente que ha cumplido y sabe de sus niveles de popularidad.
Mientras tanto, Mujica continuó aceitando todos los engranajes para gozar de un período de paz política que le permita encarar con éxito sus propios objetivos y los retos que se le abrirán el martes, cuando se comiencen acallar los festejos por la asunción. Mujica ya ha logrado entedimientos con la oposición en algunos temas puntuales y concretó el acuerdo para dar participación a la oposición en entes y empresas públicas.
Todo indica entonces, que gozará de un clima político positivo, muy lejano del que se vivió en la campaña electoral, para asumir los múltiples desafíos que le aguardan: entre otros, mantener o mejorar la situación de la economía, solucionar problema sociales, encarar una reforma del Estado profunda, mejorar de manera notable la seguridad pública, manejar las relaciones internacionales con pragmatismo y gobernar ajeno a la presiones internas de su fuerza política. Para empezar, la propia gestión de Vázquez -guste o no- será una referencia ineludible en los próximos cinco años.