Luciano Álvarez
Durante la semana del 27 de febrero al 6 de marzo de 1943 ocurrió en Berlín un evento excepcional. Incluso las causas de su desenlace constituyen un enigma, o al menos han generado diversas e insatisfactorias respuestas por parte de los historiadores.
A comienzos de 1943, los jerarcas nazis, incluido Hitler, sabían que el sueño del imperio de mil años se estaba terminando, que tarde o temprano perderían la guerra, pero antes, toda Europa sería un territorio judenrein (limpio de judíos) y judenfrei (libre de judíos), eufemismo para designar su total exterminio.
Por esos días vivían aun en Alemania 75l800 judíos, de los 600.000 que había diez años antes. Las leyes raciales les habían quitado sus bienes y les impedían toda actividad calificada. Unos quince mil, el grupo más numeroso, eran berlineses que trabajaban en fábricas.
Joseph Goebbels, ministro de propaganda y gauleiter, jefe de distrito de la ciudad, se había comprometido que para el 20 de abril, cumpleaños 54 del Führer, Berlín sería una ciudad judenfrei, a pesar de las dificultades que le imponía la escasez de trenes, ocasionadas por la continua necesidad de enviar contingentes de soldados al frente.
Al menos en una primera etapa, no estaba prevista la deportación de judíos condecorados en la primera guerra, ni la de los Mischehen -judíos casados con arios- y sus hijos, los Mischlinge.
En la mayor parte de Alemania la tarea resultó sencilla, salvo en Berlín donde hubo que montar una operación coordinada en cien fábricas. Durante el fin de semana del 27 y 28 de febrero la tarea había concluido.
Para la inmensa mayoría, aquel sábado, fue el último en el que saldrían de sus casas, dirían adiós a los suyos y marcharían al trabajo. Heinz Ullstein, uno de los detenidos recordó que "largas filas de camiones se colocaban en las puertas de las fábricas. (…) Eran vehículos pesados bajo cuyos toldos se entreveían figuras humanas amontonadas. (…) La gente bajaba los ojos, algunos con indiferencia, otros quizá con sentido del horror y de vergüenza."
En principio, lograron escapar unos 4.000, advertidos por amigos, colegas o supervisores. Goebbels anotó en su diario que en algunos círculos, "no entienden nuestra política hacia los judíos y, en cierto modo, se ponen de su parte; su intervención nos traicionó y muchos pudieron escapar. No obstante vamos a atraparlos de todos modos." Así sucedió, salvo unos 1.500 que lograron mantenerse escondidos hasta el fin de la guerra.
En Berlín fueron internados en varios centros de detención. Unos 1.700 hombres fueron a parar a un edificio de la Rosenstrasse (Calle de las Rosas), situado a pocos pasos del Cuartel general de la Gestapo para asuntos judíos. Todos eran Mischehen, casados con mujeres no judías.
Al caer la tarde del domingo unas 200 mujeres lograron saber donde estaban sus maridos, llegaron hasta las estrecha Calle de las Rosas y comenzaron a llamarlos. Algunos lograban acercarse a las ventanas, apenas por unos instantes; los guardias los sacaban violentamente. Al caer la noche, todavía están allí, congeladas y expectantes. Al día siguiente se sumaron más esposas y parientes, también algunos amigos; su número se duplica y pronto llegaran a mil. La mayoría de los peatones miran con indiferencia, afectada o real, y apresuran el paso.
Hay mujeres que interpelan a los guardias: "¿Por qué no van a pelear al frente del Este y dejan en paz a los judíos?", "¡Devuélvannos a nuestros maridos!" gritan la mayoría. Charlotte Israel, recuerda: "¡Asesinos!, gritábamos las mujeres a los guardias, y no sólo una vez, sino muchas, hasta que ya no nos quedaron fuerzas".
El padre de Rosemarie Obst era uno de los detenidos; tenía 18 años y estaba con su madre. No recuerda haber gritado o escuchado "asesinos" o "devuelvan a nuestros maridos. Estábamos paradas ahí, sin decir nada", (…). Queríamos sobrevivir, por eso teníamos fuerza para enfrentarlos."
Lo más probable es que, a lo largo de la semana que duró la espera, el gentío haya pasado varias veces de la rabia y el grito al silencio.
Una tarde tuvieron que correr a los refugios antiaéreos, ante el bombardeo de los británicos; otra, cuatro SS en un auto blindado las dispersaron, arremetiendo contra ellas y disparando al aire. Pero inmediatamente volvían a la Rosenstrasse.
Al interior, las condiciones de detención empeoraban: las porciones de chucrut, única alimentación, se hacían más pequeñas, el hacinamiento y la insalubridad aumentaban. Pero el rumor de la calle mantenía la esperanza de los presos.
El 3 de marzo, Goebbels se reúne con Hitler en su Wolfschanze (guarida de lobo); se harán algunos intentos más pero está decidido que hay que rever la medida. El 5 de marzo, la Gestapo detuvo a diez de las mujeres pensando intimidar al resto, pero el 6 Goebbels ordenó la liberación de todos los judíos casados con alemanas, incluso hizo regresar de Auschwitz a veinticinco de ellos. Comunica oficialmente que la Gestapo cometió un error administrativo y un abuso de poder, y que él, naturalmente, había puesto las cosas en orden.
Los historiadores han especulado, sin ponerse de acuerdo sobre las razones de esta pequeña pero inesperada derrota del régimen nazi en su camino al Holocausto. Quizás no importen demasiado las más afinadas hipótesis de los investigadores o el torpe final de "Rosenstrasse" (2003), una película de Margarethe von Trotta, valiosa en otros sentidos, frente a una pregunta insoslayable que se repite una y mil veces: ¿Se habría podido evitar el genocidio si más alemanes hubieran salido a protestar abiertamente?
Tal cuestión no es aplicable sólo a los alemanes. El conformismo es uno de los aspectos menos nobles de la condición humana. Todas las sociedades cargan, en un momento de su historia la infamia del silencio colectivo y la pregunta vuelve siempre ¿Hasta qué punto es imposible decir "no" frente a las iniquidades de un régimen criminal o aun la mera prepotencia de poderes circunstanciales y aplanadores?