Aníbal Durán Hontou
Estando bien próxima la designación de directores para las empresas públicas (algunos han sido ratificados), debería abordarse el tema con la trascendencia que tiene para la vida del país; ojalá exista un consenso a nivel de cúpula para actuar con criterio profesional. Gran parte de la economía del país pasa por las empresas públicas.
Una práctica ancestral nefasta nos viene indicando que los directores de las empresas son nombrados con cualquier argumento menos el que debería primar: conocimiento en la materia, experiencia en el tema, reconocida probidad.
¿Cómo se han venido designando los directores de las empresas hasta el presente? ¿Con qué rigor los gobiernos de turno eligen a los mismos? ¿Qué profesionalismo se les exige? ¿Se corrobora la idoneidad de los nombrados directores para desempeñar el cargo? ¿Se sabe si han manejado empresas anteriormente? Estamos hablando de las empresas del Estado que son "nuestras" como gusta decirse (aunque no lo sean…), lo que significa liderar las mismas, gestionarlas, asumir responsabilidades de suma importancia.
Es válido preguntarse ¿cómo puede designarse al frente de estas empresas a ciudadanos que nunca manejaron ni siquiera un kiosco, dicho esto sin ningún ánimo peyorativo? O más aún: nunca tuvieron la responsabilidad de gerenciar un equipo de dos personas en ninguna empresa y aquí tienen que lidiar con miles de funcionarios públicos.
Es menester aportar gestión, liderazgo, aspectos en los cuales Uruguay tiene grandes carencias.
Ha pasado que se ha nombrado como director a algún ciudadano que postulado para un cargo legislativo no obtuvo el mismo, entonces se le "premia" con la dirección de la empresa. Los ejemplos son cuantiosos.
Esta forma de actuar que esperemos comience a revertirse ante el nuevo gobierno, revela un signo inequívoco de que estamos en las antípodas del desarrollo y manifiesta además un problema cultural extremo.
Max Scheller dice que cultura es la capacidad adquirida de hacer en cada circunstancia lo más adecuado. Juzgue Ud. estimado lector… cuán lejos estamos de eso.
El ser gerente/ejecutivo es una disciplina profesional que debe aprenderse y ello va también para los directores de empresas públicas.
Peter Drucker escribió en cierta ocasión: "creemos que gran parte de la incapacidad de Latinoamérica para crear progreso económico y social se debe a un déficit de habilidades gerenciales en la empresa, la política, la sociedad". Y agregaba que esta sociedad no es subdesarrollada sino subadministrada.
Y voy a un lugar común pero inevitable: hay que apostar a la excelencia, sobre todo en el mundo competitivo que vivimos.
Esta forma de proceder no debería objetarse por nadie; tal vez lo hagan aquellos para quienes la mediocridad universal es un precio que vale la pena pagar para obtener igualdad social.
Y de la mano de lo expuesto traigo a colación la posibilidad de que las Empresas Públicas coticen en Bolsa, constituyendo múltiples beneficios si eso aconteciera.
Por ejemplo emitiendo acciones que es una forma bien dúctil para que el negocio prospere. Como se sabe la empresa no está obligada a repagar la inversión en un plazo, lo que les otorga mayor flexibilidad. Si el negocio camina, pagará utilidades y sino, no pagará.
Cotizar en la Bolsa determina que las empresas necesariamente deban ser más transparentes en su gestión, entre otras cosas, porque la información siempre debe estar disponible para el público.
Asimismo una empresa que depende de la confianza que en ella tienen los inversores, debe dirigirse con absoluta profesionalidad. Los planes de negocios y estrategias de largo alcance no deben depender del gobierno de turno, trascienden los mismos, debería existir una política que oficie de marco general.
Finalmente y va de suyo: cuando un ciudadano compra acciones de una empresa pública, se siente integrante de la misma y abogará para que a la misma le vaya bien.
En buen romance, si miles hacen eso, se potenciará la empresa, mejorará su imagen y la percepción pública que de ella se tiene y todo ello con los consiguientes beneficios para los ciudadanos que han invertido en las mismas.
La reforma del Estado pasa también por dirigir con sapiencia e idoneidad las empresas públicas. No debe tolerarse que primen otros criterios, imbuidos de amiguismo y mezquindad para con la república.