En vísperas de la asunción presidencial de José Mujica hay señales positivas en materia de negociación entre el gobierno y la oposición. Unas señales que permiten albergar un mayor optimismo sobre la posibilidad de lograr acuerdos en los grandes temas nacionales, sin que la arena política se convierta en un escenario de constantes trifulcas. En efecto, en las últimas semanas del período de transición menudearon los gestos conciliadores hacia los partidos políticos opositores de parte del presidente electo y de dirigentes del Frente Amplio.
Una situación que contrasta con lo ocurrido al comienzo de la administración Vázquez en donde la comunicación entre unos y otros quedó entorpecida por sucesivos desencuentros. Aquella falta de entendimiento desembocó en la deplorable ausencia de miembros de la oposición en los entes estatales. Ese estado de cosas propició, en el pasado quinquenio, un ejercicio del poder sin el debido control de las minorías, lo cual repercutió en el plano parlamentario en donde el oficialismo impuso, en múltiples ocasiones, la aplanadora de sus mayorías automáticas.
Probando que la lección fue aprendida, el presidente electo insiste en realzar la importancia de negociar con el Parlamento sin utilizarlo como un mero refrendador de los proyectos de ley del Poder Ejecutivo. Incluso está exhibiendo su disposición a ampliar el elenco de cargos a ofrecerle a la oposición a cambio de obtener mayor gobernabilidad. Más aún, en los últimos días, Mujica instó a conservar en funciones, después del 1º de marzo, a las comisiones interpartidarias que colaboran en la búsqueda de concordancia en ciertas áreas estratégicas. Por si fuera poco, la senadora Lucía Topolansky, al asumir la presidencia de la Asamblea General invocó su "olfato" y su "intuición" para anticipar que habrá diálogo, un vaticinio que fue bien recibido por todos los legisladores. Varios senadores oficialistas, entre ellos Ernesto Agazzi y Alberto Couriel, confirmaron esa postura. El primero habló de "un clima bueno, de interacción entre los partidos, más de sumarse que de pelearse", en tanto que el segundo proclamó que "con la presidencia de Mujica se abren más puertas al diálogo".
Así de alentador luce el panorama en vísperas del cambio de mando. En adelante, a esta suma de buenos propósitos habrá que añadirle buena mano en las gestiones. Porque la habilidad de los negociadores será fundamental para evitar tropiezos como los que condujeron al fracaso, cinco años atrás, de aquel intento de acercamiento entre el equipo de Vázquez y el Partido Nacional. Deponer prejuicios y personalismos, manejarse con tiento y actuar con voluntad de facilitar las transacciones son los lemas de la hora.
José Mujica se define a sí mismo como un político pragmático que desea hacer una buena gestión sin hallar excesivos escollos en la oposición. Sus recientes declaraciones de aliento a la inversión extranjera y su afirmación de que la actividad privada es "el único gran motor" del trabajo en el país, indicarían que dejó atrás los encasillamientos ideológicos. Del mismo modo, sus expresiones sobre la necesidad de mantener en orden las finanzas públicas, de reformar el Estado, de recuperar la educación y de mejorar la seguridad pública apuntan en la dirección correcta y recibirán, sin duda, el apoyo de los partidos tradicionales.
A estas alturas las dudas radican en saber cuán fuerte será el liderazgo que construirá Mujica al interior del Frente Amplio en donde, como se sabe, no todos comparten los precedentes postulados, en particular sus asociados del partido comunista atados como siguen a las consignas del pasado. También la central sindical, cuyo núcleo duro está compuesto en su mayoría por funcionarios públicos, será un hueso duro de roer por el nuevo presidente apenas se inicie la reforma del Estado.
Ante esos eventuales obstáculos, el próximo gobierno necesitará reforzar la base de sustentación de sus políticas para lo cual necesitará el apoyo de la oposición. Un apoyo que deberá ganarse si quiere llevar su gobierno a buen puerto.