Maneco, la guerra ha terminado

Carlos Maggi

El lunes pasado la historia nacional cerró un segundo ciclo, que empezó con la recuperación democrática iniciada en 1985. Este 15 de febrero se instaló un nuevo Parlamento que legislará del año 2010 al año 2015; y en ese cuerpo predominan los guerrilleros del siglo XX; pero no predomina ningún remanente rencoroso de la lucha que vivimos.

También la paz, como la guerra se hace para ganar.

Depende de la grandeza de quienes tienen la palabra.

Aprecio en todo su valor a Mujica, la tarde cuando se conoció el resultado del escrutinio que lo consagraba ganador. Como al terminar la Guerra grande, Mujica dijo: Ni vencidos ni vencedores; y sus actos siguientes lo mostraron procurando la concordia.

Cada tanto tiempo, conviene repetir la frase de Vaz Ferreira:

"Los hombres de pensamiento son también hombres de acción, solo que de mucha más acción".

Mi manera de entender el mundo me lleva al recuerdo emocional de una hazaña épica, que fue "más acción."

Hacia fines de 1984, Manuel Flores Mora se propuso ir contra el régimen de fuerza y dijo tales cosas de la dictadura, fue tan inteligente y avasallante, estaba tan bien preparado para esa lucha, escribió tan admirablemente, se arriesgó de tal modo, que el gobierno autoritario no pudo con él.

En buena medida, la dictadura se avergonzaba de sí misma; y resultó vencida por convencida.

El escritor ganó una guerra invisible. Semana a semana dio batallas que no sucedían en parte alguna, salvo en el fuero íntimo de sus adversarios.

Se diría que Maneco se había preparado durante toda la vida para ese final glorioso, en el cual gastó íntegramente el tiempo que le quedaba y sus dos virtudes: la valentía personal y el genio para producir literatura de la mejor.

Está presente en cada una de las líneas de sus textos, la urgencia, el jadeo de quien está apremiado por su propia brevedad. Escribía sin descanso y sin aflojadas, ansioso. Tal vez fue esa seriedad existencial la que impuso el respeto que tuvieron con él; y con ningún otro.

-"Cualquiera se da cuenta que estoy intentando escribir esta nota con los huesos. No para nadie, ni para mí siquiera, sino para lo que justifica que a veces pasemos por la tierra. Vallejo hablaba de hombres de huesos fidedignos.

El 9 de abril del año último, un convencional de la CBI pidió la amnistía total en la Convención del Batllismo. Era un día que yo no tenía voz y no pensaba hablar. Lo hice para apoyar aquella idea. Digo: yo no soy dueño del fondo de mi alma. En el fondo de mi alma, algo no reposará en paz hasta que no haya salido a la calle el último preso político o como se le quiera decir.

Hace algunos días, cuando soltaron a Seregni, el país recibió por la boca de Seregni las más eficaces palabras de distensión y de paz. Las precisaba. La libertad de Massera no ha traído problemas al Uruguay. Al revés. Muchos presos han salido a la libertad. Cada uno de ellos, de algún modo, fue una herida que se cerraba, en todo o en parte.

No sé como decirlo, pero yo no estoy pidiendo por Sendic. Estoy pidiendo por las ánimas del purgatorio y por las ánimas del infierno. Por las del penal de Libertad y Punta Rieles y donde sea. Pido por la Amnistía porque la precisa la República, dueña de entrar sin rémoras en el futuro que reclama. Y claro que sí. También estoy pidiendo por Sendic."

Ganó la partida, Maneco; y murió, precisamente, el 15 de febrero de 1985, el día en el cual se instalaron las nuevas Cámaras, en un país nuevo, otra vez democrático; cuando Manuel Flores Silva, su hijo, pasó a integrar el senado de la República. Misión cumplida.

En la madrugada del velorio de Maneco, sus hijos y yo hablamos con el jefe militar, a propósito de los homenajes que el ejército debía tributar a Manuel Flores Mora, en el acto de su sepelio.

Pude percibir en cada una de las palabras y en cada una de las inflexiones de la voz de ese hombre, una consideración que no era fingida y pensé: en esta actitud está presente la prédica que mi amigo impuso.

Nosotros y este hombre de uniforme, estamos terminando la guerra como mi amigo quería, a la uruguaya, volviendo a ser los que siempre fuimos: buena memoria y mejor olvido, como decía nuestro común maestro, José Bergamín.

En ese febrero, cuando discutíamos sobre un entierro, la amnistía era un clamor. Pedida, exigida y se diría, impuesta por las notas de Maneco, en las cuales, increíblemente, se abogaba a favor de la libertad del jefe de la guerrilla. Tal vez "Las ánimas del purgatorio", una página formidable sobre Raúl Sendic, sea el punto de inflexión de ese momento histórico: ese día, pienso, Maneco los dobló; había ido hasta el último extremo y lo toleraron. La fuerza dejó de servirles.

Tuve presente, durante esa grave y extraña negociación funeraria, lo que Maneco hubiera querido: que a su muerte, los soldados le rindieran armas para sellar la paz con esa ceremonia.

Había escrito preciosamente sobre el final de la revolución de 1904 y el desfile militar en Montevideo, cuando don Pepe Batlle venció a Saravia:

- "Lo que me estremece es lo que pasaba enseguida. En efecto, la tropa, después de saludar a Batlle y a la tribuna, caminaba un trecho más y... se disolvía. ¡Sí! Cada cual para su casa.

Por tácito decreto de los vencedores de la guerra del 4, la guerra del 4 había terminado.

En la esquina, pues: "Farewell to arms", Adiós a las armas, y al uniforme. De vuelta a la patria, a la patria en camisa, en overall, en bombacha. De nuevo al pico, a la pala, al tintero o al mostrador de la oficina o de la tienda. A la paz y al trabajo.

Sea este mi mensaje para Garay (un agente de policía muerto por la guerrilla) y a todos los Garay de este tiempo. Mi respeto hacia ellos. A los que fueron pueblo y vienen del mismo vientre dolorido que el resto del pueblo.

Como quien pone una flor sobre una tumba, quiero decirles sólo: que la muerte del combatiente no fue en vano, porque la guerra ha terminado. "La guerra ha terminado."

En la calle Yaguarón en esa mañana soleada de febrero, vi pasar el féretro de mi amigo y su muerte no había sido en vano. Vi al ejército que él había combatido sin odio, rendirle homenaje. La guerra había terminado.

Aunque sigamos aún ahora, atentos a sus últimos fantasmas que para nosotros, serán para siempre.

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